Pintorina y el helado de la noche.
El parque de atracciones había cerrado sus puertas y la noche de verano era muy calurosa. En la tienda de disfraces, Sofía, la joven maquilladora, estaba sentada en el suelo, muy cansada y triste. Llevaba horas limpiando los pinceles y los botes de pintura. Al día siguiente venía el gran jefe a revisar su trabajo y ella sentía que sus diseños eran aburridos y grises. Tenía tanto miedo de fallar que las manos le temblaban de pura frustración.
En lo alto del espejo principal, colgada al revés entre las sombras, observaba alguien muy pequeña. Era Pintorina, una Magikita de la familia de las hadas, no más grande que una brocha de colorete. Vestía un traje fabuloso hecho con una esponja de maquillaje rosa y una falda hecha con tiras de cinta de seda brillante. Pintorina sentía la inseguridad de Sofía como un aire frío que le erizaba la piel.
«Esta chica tiene el talento dormido por culpa del miedo», susurró el hada. «Vamos a darle un poco de frescura y color a su noche».
Sofía, muerta de calor, había dejado sobre la mesa un gran helado de tres gustos: frutilla, chocolate y crema, que ya empezaba a derretirse. Pintorina vio su oportunidad. Con un salto elástico, voló hacia la ventana abierta y soltó un silbido muy fino. Al instante, tres murciélagos del parque, de alas suaves y ojos curiosos, entraron revoloteando en la sala. Eran sus grandes amigos de la noche.
Volaron en círculos alrededor del helado, haciendo un aire fresco muy rico con sus alas. Pintorina sacó entonces una purpurina mágica y la sopló sobre los botes de maquillaje de Sofía, mientras los murciélagos rozaban las pinturas con las puntas de sus alas. Ocurrió algo increíble: los botes de maquillaje cobraron vida. Las sombras de ojos se volvieron brillantes como las estrellas y las pinturas empezaron a saltar, creando dibujos de colores en el aire que imitaban el vuelo divertido de los murciélagos.
El aroma dulce del helado derretido se mezcló con los colores, llenando el cuarto de una energía leve y fugaz. Sofía levantó la cabeza, asombrada. Al ver las luces y las formas de las alas dibujadas en el aire, el miedo se le borró de la mente. Tomó un pincel con fuerza y, contagiada por la magia de los murciélagos, empezó a pintar en un maniquí el diseño más hermoso, libre y original que jamás había creado. Su arte había despertado.
Desde el espejo, Pintorina miró el precioso trabajo de Sofía, sonrió con orgullo y se marchó volando por la ventana junto a sus amigos de la noche. Porque, a veces, cuando nos bloqueamos, solo hace falta un aire nuevo y una chispa de juego para dejar salir los colores que llevamos dentro.