Nubina en la fiesta de cumpleaños. La tarde del sábado había llegado con un calor sofocante al jardín de la familia Pérez. Todo estaba preparado para el cumpleaños de la pequeña Julia, que cumplía siete años. Había guirnaldas de colores brillantes colgadas en los árboles, una mesa larga con sándwiches y globos brillantes que flotaban al sol.

Debería haber sido el día más divertido del año, pero la alegría se había congelado por completo. Don Ricardo, el padre de Julia, caminaba de un lado a otro con el rostro tenso y un cronómetro en la mano. Estaba obsesionado con que todo saliera perfecto. Según el estricto horario que había apuntado en su tableta, gritaba con voz de sargento, asustando a los invitados: «Rápido, los niños tienen que sentarse ya. A las 5 toca la piñata, a las cinco y media la tarta, y no quiero que nadie corra por el césped para no arruinar las fotos».

Los niños, cohibidos por tantos gritos y normas, se habían quedado sentados en las sillas, aburridos y serios. Julia miraba al suelo con una gran tristeza, a punto de llorar en su propio cumpleaños. Escondida en lo alto del gran paraguas de la mesa de los dulces, vigilaba alguien muy pequeña: era Nubina.

Nubina era una mariquita de la familia de las hadas, del tamaño de una taza de café. Llevaba un vestido hermoso y suave, hecho con el algodón de un cojín viejo, y una corona reluciente recortada de un brick de leche. Como todas las hadas, Nubina sentía la frustración y la pena de los niños como un peso molesto en sus alitas. El cumpleaños gris de Julia le daba mucha rabia. «Este señor confunde una fiesta con un examen de la escuela —pensó—. Cree que la perfección da la felicidad, pero lo que hace falta aquí es un poco de juego libre».

Aprovechando que don Ricardo miraba su reloj de espaldas al jardín, Nubina voló hacia el cielo limpio de la tarde y dio tres palmadas en el aire. De pronto, una brisa fresca corrió por el jardín y tres nubes bajas, blancas y esponjosas como ovejas de algodón, bajaron del cielo y se colocaron justo por encima de las cabezas de los niños. Don Ricardo se dio la vuelta, estupefacto, dejando caer su tableta sobre la hierba.

Nubina sacó de su bolsillo un pequeño silbato de caña y sopló con fuerza, lanzando un polvo de estrellas hacia las nubes flotantes. Ocurrió algo maravilloso: las nubes empezaron a cambiar de forma, imitando los deseos de los niños. Una se convirtió en un coche de carreras, otra en un perro saltarín y la tercera en un enorme castillo. De las nubes no caía lluvia, sino finas chispas de colores y una música suave que daba ganas de saltar. El jardín se llenó de un olor delicioso a algodón de azúcar y aire limpio.

Una de las nubes dejó caer un copo suave y blanco justo en la calva de don Ricardo. El hombre parpadeó, miró las risas de los niños, que ya corrían felices intentando tocar las nubes, y algo se rompió dentro de su cabeza cuadriculada. Se acordó de cuando él era un niño y jugaba sin mirar el reloj. Una sonrisa enorme y libre se iluminó en su cara; olvidó el cronómetro, se quitó los zapatos y empezó a jugar con Julia y sus amigos bajo la sombra de las nubes mágicas.

Desde lo alto del paraguas, Nubina contempló la fiesta con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja. Vio a Julia abrazar a su padre, muerta de risa, en el mejor cumpleaños de su vida. El hada del vestido de algodón guiñó un ojo, se acomodó su corona y se marchó flotando hacia el cielo, buscando el próximo rincón gris que necesitara recordar cómo se juega. Porque el tiempo pasa muy rápido y los mejores recuerdos no se guardan en un horario perfecto y estricto, sino en los momentos libres donde dejamos volar la imaginación.

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