Melocotonín en el almacén de frutas. La tarde del martes era un verdadero dolor de cabeza en el almacén mayorista de la ciudad. El lugar estaba lleno de cajas grises, luces blancas que zumbaban con fuerza y camiones haciendo un ruido espantoso. Don Martín, el encargado, caminaba de un lado a otro con una lista en la mano y cara de pocos amigos. «Rápido, muevan esas cajas, no hay tiempo que perder», gritaba a los empleados, que ya no podían más con el cansancio.

El aburrimiento y la prisa habían convertido el trabajo en una máquina gris y fría. En mitad del pasillo principal, Don Martín acababa de dejar una pila con las cajas de los mejores duraznos del año, grandes, redondos y con una piel suave como el terciopelo. Pero nadie los miraba con alegría; solo eran números en la lista del jefe.

Escondido dentro de una caja de madera vacía, vigilaba alguien muy pequeño: era Melocotonín. Melocotonín era un Magikito de la familia de los duendes, del tamaño de una manzana. Vestía un peto gamberro hecho con una malla verde de patatas y unos zapatos fabricados con tapones de corcho partido. Melocotonín sentía el mal humor de los trabajadores como un pinchazo molesto y decidió que aquello tenía que cambiar de inmediato.

«¡Qué gente tan seria!», susurró el duende, frotándose las manos. «¿Tienen la fruta más rica del mundo delante y solo piensan en el reloj? Vamos a darles un buen meneo».

Aprovechando que Don Martín miraba unos papeles de espaldas, el duende saltó con agilidad sobre la pila de frutas. Sacó de su peto un pequeño pincel hecho con un bigote de gato y lo mojó en un tarrito de almíbar de la risa. Con movimientos rápidos dibujó caras sonrientes y notas musicales invisibles sobre la piel dorada de los duraznos. Al instante, un olor dulce, fresco e increíble a verano inundó todo el almacén, borrando el olor a humo de los camiones.

Los duraznos empezaron a brillar con una luz dorada y hermosa, y el más grande de todos saltó de la caja, rodando por el suelo y dibujando ochos perfectos entre las piernas de Don Martín. El jefe dio un salto del susto, pero al oler el aire y ver el durazno dorado, el estrés se le borró de la mente de golpe. Un recuerdo feliz de cuando era niño y recogía fruta con su abuelo le llenó el corazón.

Don Martín soltó una carcajada limpia, recogió el durazno y se lo ofreció a uno de los mozos. —¡Muchachos, parad un momento y probad esto! —exclamó con una sonrisa enorme. En cinco minutos, los trabajadores se descubrieron comiendo la fruta fresca, riendo y charlando felices en mitad del pasillo.

Desde su caja de madera, Melocotonín contempló la fiesta con los brazos cruzados. Guiñó un ojo con picardía y se escabulló en silencio hacia el camión de reparto, porque a veces, cuando la rutina nos apaga, solo hace falta una pizca de magia natural para recordar lo rico que es trabajar con una sonrisa.

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