Cuentos de Taramundi. Los Magikitos de la rectoral.
Érase una vez, en el corazón de las montañas de Asturias, donde el verde es tan intenso que parece pintado a mano, un lugar llamado Taramundi. Allí, sobre una colina que domina el valle, se encuentra la rectoral, una antigua casa de piedra del siglo XVIII, con tejados de pizarra negra que parece sacada de una leyenda.
Una noche de niebla mágica, los Magikitos decidieron que el hotel necesitaba un poco de su magia de buen rollo. Decidieron entrar por el balcón de una de las habitaciones de madera. Su primera travesura fue en el comedor rústico.
Mientras los huéspedes dormían, Chispa empezó a tocar su tambor. Al ritmo de la música, las famosas navajas artesanas de Taramundi, que decoraban sus vitrinas, saltaron de sus estuches y empezaron a bailar sobre la mesa de roble. Chispa, con un salto mortal, llegó hasta la cocina.
Allí encontró los sacos de harina recién traídos del Museo de los Molinos de Mazonovo. Con un toque de sus dedos, convirtió la harina en motitas de luz que flotaban por todo el hotel, haciendo que cualquiera que las respirara soñara con campos de margaritas y cascadas de chocolate.
En la recepción, otro Magikito llamado Pau se encontró con un mapa del pueblo que estaba un poco arrugado. —Esto necesita un enfoque de aventura —exclamó. Usó sus gafas mágicas y, de repente, las líneas del mapa cobraron vida: los senderos de la Ruta del Agua se iluminaron con un color azul intenso, para que los niños que se alojaran al día siguiente no se perdieran por el camino.
Pero la mayor travesura ocurrió en el salón de la chimenea. Un huésped se había quedado dormido con el ceño fruncido, preocupado por sus cosas de adulto. Chispa se acercó sigilosamente y le puso su manta invisible sobre la espalda.
Al instante, el fuego de la chimenea empezó a soltar chispas que formaban figuras de animales saltarines, y el olor a vainilla de la manta llenó la estancia. A la mañana siguiente, los huéspedes de la rectoral despertaron con una energía extraña.
Los niños encontraron sus zapatos perfectamente limpios y rellenos de caramelos de miel, y los adultos no podían dejar de sonreír mientras desayunaban el delicioso pan de Taramundi. Los Magikitos, escondidos tras los visillos de las ventanas, celebraron su éxito: habían convertido un hotel histórico en un cuartel general de la felicidad.