Había una vez un bosque profundo y misterioso, donde los helechos eran tan altos como paraguas y el musgo parecía una alfombra de terciopelo. Allí, los Magikitos decidieron organizar las primeras olimpiadas del buen rollo forestal.

La aventura empezó al amanecer. Chispa, con su energía inagotable, retó a un joven corzo a un juego de escondite. El corzo, que era muy ágil, se ocultó tras unos robles centenarios. Pero Chispa usó su poder: lanzó un puñado de polvos de visibilidad alegre y, de repente, las pezuñas del corzo empezaron a dejar un rastro de flores amarillas por donde pasaba. —¡Te encontré! —rió Chispa—. Sigue el rastro de las margaritas.

El corzo, en lugar de asustarse, dio un salto de alegría que hizo que las ardillas aplaudieran desde las ramas. Mientras tanto, cerca del río, Pau había montado una fiesta. Se sentó sobre un tronco hueco y empezó a tocar su tambor. Un grupo de mirlos y petirrojos se posaron en sus hombros y Pau les enseñó a seguir el ritmo. Cada vez que el tambor sonaba fuerte, los pájaros daban un silbido agudo y, cuando sonaba flojo, hacían un suave trino. Era la primera orquesta del bosque. Los pájaros aprendieron que, si cantaban juntos, su música llegaba mucho más lejos.

Pero otro Magikito llamado Mo se encontró con un tejón que estaba muy enfadado porque no encontraba la entrada de su madriguera tras la última tormenta. «Tranquilo, amigo tejón», le dijo Mo, ajustándose las gafas. «Estás mirando solo el montón de hojas muertas. Usa el enfoque de excavación». Y sacó de su mochila una brújula de luz que proyectó un túnel brillante en el suelo. El tejón, emocionado, empezó a cavar siguiendo la luz y, en un pispás, encontró su casa. Para celebrarlo, Mo le enseñó a decorar la entrada con piedras brillantes para que no se volviera a perder.

Al caer la tarde, cuando los animales ya estaban cansados, Chispa extendió su manta invisible con olor a vainilla bajo un gran castaño. Unos cachorros de jabalí que tenían miedo a la oscuridad se acercaron temblando. Chispa los envolvió con su aroma a vainilla y les contó un cuento de cómo las estrellas son, en realidad, pequeños farolillos que los Magikitos encienden para cuidar del bosque.

—¡Dormid tranquilos! —susurró—. El bosque es vuestra casa y el buen rollo es vuestro escudo. Aquella noche no se oyó ni un gruñido en el bosque. Todos los animales durmieron abrazados, soñando con confeti y tambores mágicos.

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