Nuestro cuento de hoy se llama: Justino y las hermanas gemelas.

En una casa modesta de un barrio tranquilo vivían Roberta y Lucía, dos hermanas gemelas idénticas por fuera, pero muy distintas por dentro. Lucía era de risa fácil y mirada soñadora. Roberta, en cambio, tenía una lengua afilada y una paciencia muy corta.

Lo que Lucía decía, Roberta lo contradecía. Si una quería jugar, la otra quería silencio. Si Lucía proponía algo, Roberta encontraba diez motivos para decir que no. «Tú no sabes lo que dices.» «Los martes está prohibido comer queso.» «Eso no tiene sentido, Lucía», repetía Roberta con voz de pito y cara de trompeta.

Lucía, al principio, intentaba defenderse; luego optó por callar y, con cada palabra tragada, su luz se apagaba un poco más. «Te has equivocado otra vez, el café debe servirse a 87 grados, no a 85.» «No puedes ducharte antes que yo, me toca a mí primero, egoísta.»

Lo que nadie sabía era que, escondido en la estantería, entre los polvorientos libros de aventuras, un Magikito llamado Justino observaba atentamente. Llevaba una camiseta hecha con la tela de un calcetín usado, un gorro hecho con las cáscaras de una mandarina y un cuaderno minúsculo donde anotaba los desbalances emocionales del mundo humano.

Justino, que entendía mejor que nadie los efectos de una palabra amarga, decidió intervenir. Con un gesto discreto, frotó dos granitos de sal mágica en su mano, sopló hacia Roberta y la magia empezó a actuar.

La próxima vez que Roberta se quejó, en vez de palabras se oyó una melodía desafinada. «Esto es una…», porque iba a decir, pero lo que salió de su boca fue una melodía estropeada como una flauta mal tocada. Y, justo encima de su cabeza, plaf, se formó una pequeña nube gris que comenzó a llover solo sobre ella.

«¿Qué pasa aquí?», chilló empapada. Pero, otra vez, lo que se oyó fue una especie de melodía cómica. Cada vez que criticaba, cada vez que soltaba una queja innecesaria, la nube se volvía más oscura, la lluvia sobre su cabeza más fuerte y la música más absurda.

Mientras tanto, Lucía no podía contener la risa y, por primera vez en mucho tiempo, soltó una carcajada tan fuerte que hasta el gato, que se pasaba todo el día durmiendo tranquilo, empezó a reírse de la situación. Roberta, mojada hasta los huesos y sin poder decir nada sin sonar como una orquesta de feria, se sentó a pensar.

Observó a su hermana, que ahora hablaba con más soltura, proponía ideas y brillaba de nuevo, y entonces entendió. Se acercó a Lucía con una toalla en la cabeza y una sonrisa torcida. «Oye, quizás exageré un poco, jugamos a lo que tú quieras hoy.»

La nube desapareció y la música se transformó en un suave acorde de violín, tan tierno como una reconciliación sincera. Justino, que en ese momento estaba charlando con el gato para contarle lo que había hecho, se quedó satisfecho con su misión cumplida y, con una voltereta elegante, volvió a su escondite en la estantería de los libros de aventuras, dejando atrás una estela de polvo brillante y un hogar un poquito más hermoso.

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