Cuentos de Taramundi. Los Magikitos estaban muy emocionados: dejaron el hotel de la Rectoral y bajaron saltando por el camino hasta llegar al Museo de los Molinos de Mazonovo, el más grande de España.
Al llegar, un grupo de niños intentaba moler trigo en los molinos manuales. Algunos estaban cansados: mover la piedra pesaba. Entonces el Magikito Pau se escondió dentro de un molino de agua y empezó a tocar su tambor al ritmo del chorro. «¡Ritmo, niños, ritmo, niños!», parecía decir el agua.
Los niños comenzaron a mover los molinos bailando y Chispa, con un truco rápido, hizo que de las piedras no saliera harina blanca normal, sino harina de colores: rosa para el amor, azul para la calma y amarilla para la risa.
En el Museo de Mazonovo los niños deben completar un examen interactivo para demostrar que han aprendido cómo funcionaba la fuerza del agua. Esta vez, los Magikitos decidieron ayudar un poquito. Pau se sentó sobre el hombro de un niño que no sabía para qué servía el mazo y le sopló al oído: «¡Es para estirar el hierro, como si fuera plastilina gigante!»
El niño escribió la respuesta volando. Chispa se dedicó a abrazar a los que se ponían nerviosos al ver tantas palancas. Con su manta de olor a vainilla, los niños se iban relajando y las respuestas aparecían en sus mentes como por arte de magia.
Al final del recorrido, la guía del museo se quedó boquiabierta: todos los exámenes eran perfectos y además tenían dibujos de flores y estrellas que brillaban.
Cuando los niños recibieron su diploma de molinero, los Magikitos hicieron su gran truco final: transformaron el papel de los diplomas en papel de semillas. Y Chispa susurraba desde detrás de un helecho: «¡Imagináis cuando lleguéis a casa crecerá una flor que siempre os recordará que con esfuerzo y buen rollo todo sale bien!»
Los niños se fueron felices con sus bolsitas de harina de colores y sus diplomas mágicos, mientras los Magikitos se daban un chapuzón en la cascada del río Turía, listos para su siguiente aventura.