La mitad en las termas de invierno. El vapor subía en cortinas densas sobre las piscinas exteriores de las termas de Ribera, pero el ambiente estaba más congelado que el invierno de la montaña. Olía a azufre y humedad estancada. Don Tomás, el encargado del complejo, caminaba por el borde de piedra con el ceño apretado y un walkie-talkie pegado a la oreja.

La caldera principal se había averiado en pleno temporal y el agua del Pozo Norte empezaba a enfriarse, amenazando con arruinar el fin de semana a decenas de turistas que tiritaban envueltos en albornoces blancos. Nadie se fijaba en la vieja tubería de cobre que sobresalía detrás de la cascada decorativa. Allí se resguardaba de las salpicaduras y observaba Flamita.

Esta hadita pertenecía a la familia de las hadas, pero su apariencia rompía cualquier molde delicado. Vestía un abrigo cortito confeccionado con láminas de carbón vegetal y una corona hecha con una chapa de refresco que reflejaba los destellos del agua. Las hadas, como ella, sienten el pánico humano al vuelo, y la frustración de Don Tomás le llegaba como un chorro de agua helada.

«Demasiada prisa fría para un agua que nació del centro de la tierra», pensó Flamita, ajustándose las gotas de goma reciclada. Saltó de la tubería y se dejó caer directamente en el canalón que alimentaba la piscina principal. Su truco mágico fue una caricia de opuestos.

Sumergió sus manos, que siempre guardaban el calor de los zondos de Taramundi, en la corriente gélida. Flick, flack: en lugar de apagarse, un destello naranja corrió bajo el agua, como un relámpago atrapado en el líquido. El agua fría empezó a hervir con burbujas de colores que estallaban en el aire, liberando un vapor que olía a eucalipto y a leñas encendidas.

Don Tomás se detuvo, asombrado, al ver que la piscina recuperaba su temperatura ideal sin que la caldera diera señales de vida. Los turistas, atraídos por el calor magnético, se sumergieron de golpe, riendo mientras las burbujas luminosas les daban masajes en la espalda. El encargado soltó el walkie-talkie y, contagiado por el alivio general, se permitió sonreír y sentarse en el borde a descansar los pies.

Flamita contempló el chapuzón colectivo desde el interior del foco de la piscina, parpadeando con alegría antes de deslizarse por el desagüe hacia una nueva aventura, porque a veces no hace falta arreglar los engranajes del mundo para encontrar la calma: basta con que un hada junte el fuego y el agua para devolvernos el calorcito al cuerpo.

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