Había una vez, escondido entre los pliegues de un arcoíris que solo se veía los martes, un reino llamado la Purpurina Alegre. Allí vivían los Magikitos, pequeñas criaturas del bosque, con una misión muy seria: defender el buen rollo.
Había tres Magikitos principales: Chispa, que tenía el poder de convertir los «no puedo» en confeti; Pau, que llevaba un tambor y que, al sonar, hacía que hasta las piedras quisieran bailar; y Tim, que siempre llevaba una manta invisible que curaba los enfados con abrazos de olor a vainilla.
Un día, una sombra gris llamada Gruñona se coló en el patio de un colegio. No era mala, solo estaba muy, muy, muy aburrida. Empezó a susurrarles a los niños cosas como: «Ese juguete es solo tuyo, no se lo prestes a nadie» o «Si te equivocas, todos se van a reír de ti».
De pronto, el patio se volvió gris. Los niños dejaron de jugar, empezaron a sacar la lengua y a cruzar los brazos. Era una emergencia de nivel purpurina.
Chispa, Pau y Tim aparecieron saltando desde una nube de fresa. —¡Atención, equipo! —chilló Chispa—. ¡Hay exceso de nubarrones en las caras!
Pau empezó a tocar su tambor: «¡Pum, catapum, pum, catapum, catapum!». El ritmo era tan pegajoso que a un niño que estaba enfadado se le escapó un pie y empezó a marcar el paso. La Gruñona intentó taparse los oídos, pero el ritmo de buen rollo atraviesa hasta la cero.
Entonces Tim se acercó a una niña que lloraba porque se le había roto un dibujo. —¡Mira! —le dijo con voz de seda—. ¡Una mancha de pintura no es un error! ¡Es el mapa de una isla secreta!
Y Tim sacó su pincel de entre sus ropas y, con dos trazos, la mancha se convirtió en un pirata con una pata de palo. La niña dejó de llorar y soltó una carcajada. Esa risa fue como un rayo de sol que golpeó a la Gruñona.
—¡Ay, no! ¡Mi única debilidad! —se quejaba doña Gruñona mientras empezaba a encogerse hasta volverse del tamaño de una uva. Chispa aprovechó el momento: —¡Recordad, amigos! ¡El buen rollo es como un bostezo! ¡Se contagia! Si compartes tu juguete, el juego es doble. Si pides perdón, el corazón pesa menos.
Los niños empezaron a brillar de colores de nuevo. Doña Gruñona, muy pequeñita ahora, se dio cuenta de que dar abrazos era mucho más divertido que dar gritos y los Magikitos la nombraron aprendiz de sonrisas.
Desde aquel día, cuando sientas que un enfado te pica en la nariz o que el día está gris, cierra los ojos y escucha el tambor de Pau. Los Magikitos siempre están cerca, esperando a que lances una sonrisa para convertirla en magia de verdad.