El susurro del revés. La tarde caía sobre la pequeña villa de Piedra Fría con la pesadez de un berrinche que no quiere terminarse. Olía a humo de leña húmeda, a tierra cansada y al agua estancada del riachuelo que cruzaba el pueblo, un hilo gris que arrastraba hojas muertas y plásticos con desgana. En Piedra Fría nadie se miraba a los ojos, las persianas se bajaban antes de tiempo y los vecinos caminaban deprisa, con los hombros encogidos, como si el aire del revés les pesara en la nuca.

Especialmente don Romualdo, el zapatero del pueblo, tenía los dedos entumecidos y el alma hecha un nudo de cordones viejos. Llevaba meses metido en su taller, diciendo que la juventud ya no sabía apreciar las cosas buenas, que todo se rompía enseguida y que la vida era una soberana pérdida de tiempo. Aquella tarde, tras discutir con una clienta por el precio de una tapilla, tiró el martillo contra el mostrador y salió a dar un paseo por el camino del río. «Vaya porquería de corriente», refunfuñó don Romualdo. «Ni para ahogar las penas sirves».

Lo que el zapatero no sabía era que, justo debajo de la raíz expuesta de un sauce viejo, donde el agua formaba un remolino del tamaño de una moneda de dos euros, dos pares de ojos brillantes observaban su rabieta. Allí estaba Flavio, un Magikito de la familia de los duendes, con un peto cosido con escamas de trucha plateada y un sombrero que, en realidad, era una cáscara de bellota del revés, sujeta con un hilo de pescar. A su lado chapoteaba Saltarina, una ranita de Taramundi con un chaleco hecho con un trozo de red verde, su Animagikito.

«Este río está tan aburrido que dan ganas de llorar», le susurró Flavio a la rana, mientras se ajustaba el cinturón de lino. «Y cuando el agua se estanca, las ideas de la gente también. Vamos a darle la vuelta a la tortilla». El plan estaba en marcha. Flavio no usaba varitas de brillantina: su magia era física, de la que se manchan las manos. Sacó de su peto un pequeño frasco de vidrio que contenía esencia de contracorriente, un líquido azul espeso destilado con rocío de las mañanas de abril y polen de los sauces más viejos de Taramundi.

Flavio vertió tres gotas exactas en el remolino. Saltarina se plantó en mitad del cauce y empezó a nadar en círculos, pero hacia atrás. Sus patitas traseras empujaban el agua con una fuerza imposible para su tamaño. El riachuelo gris dio un respingo; de pronto, el agua se detuvo en seco y, entonces, ocurrió lo increíble: una burbuja dorada estalló en el centro y el río empezó a fluir hacia arriba, ladera arriba, regresando hacia las montañas, al revés.

Don Romualdo parpadeó, frotándose los ojos con las manos manchadas de betún. Las hojas secas que antes bajaban flotando ahora subían alegremente a contracorriente, esquivando las piedras con agilidad de acróbata. El agua ya no era gris: se había vuelto transparente, con destellos del color del vino nuevo, y cantaba un murmullo que sonaba a risa de niños escondidos. —¿Pero qué demonios? —murmuró el zapatero. Una hoja de sauce le rozó la punta de la bota y, al tocar el cuero viejo, el zapato dio un pequeño brinco. El cosquilleo que le subió por los tobillos le aflojó el nudo del estómago y lo obligó a soltar una carcajada ronca que hacía años no salía de su garganta.

—¡El agua sube! —gritó—. ¡Vecinos, salgan de casa! El río se ha vuelto loco. Las ventanas empezaron a abrirse con estrépito. Carmen, la panadera; Diego, el mecánico; la señora Esperanza con su bastón. Al principio miraban con desconfianza, pero el espectáculo era demasiado grande para perdérselo. El río fluía al revés, transportando ramitas que parecían barcos veleros y salpicando gotas que, al tocar las piedras secas, hacían brotar pequeñas flores amarillas en pleno otoño.

La gente empezó a bajar a la orilla. Alguien trajo una guitarra que llevaba diez años guardada en el armario. Otra persona compartió una hogaza de pan tierno. El mecánico ayudaba a la señora Esperanza a sentarse en una roca fresca, mientras don Romualdo, con las mangas remangadas, explicaba a voz en grito su teoría de que la gravedad se había tomado unas vacaciones. El gris de Piedra Fría se disolvió en el agua que subía hacia la cumbre.

Desde lo alto del sauce viejo, colgado de una rama para no perderse nada, Flavio contemplaba la fiesta con las manos en las caderas, rebosante de orgullo. Saltarina se acomodó a su lado, dándole un empujoncito con la nariz húmeda. El duende le rascó la cabeza y sonrió en silencio. El pueblo ya no necesitaba el truco: la corriente ya había cambiado desde dentro. Porque a veces, para avanzar de verdad y dejar atrás el lodo, no queda más remedio que aprender a nadar con el corazón al revés.

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