El cuento de hoy se llama «Eladio en el camión de helados».

El camión de los helados se instaló en la plaza de Taramundi, justo cuando el sol empezaba a apretar al máximo. La música tintineaba, sus toldos daban una sombra refrescante y el aroma a vainilla corría como una brisa fresca. Clara, la heladera, giraba la paleta con maña y sonreía pese al calor. Las primeras bolas de la temporada siempre saben a vacaciones.

La cola, por desgracia, venía cargada de prisas. —Vamos, vamos, que tengo la batería del móvil casi descargada y necesito subir mi selfie de postureo —bufó Patricia, agitando un cargador como si fuera una antorcha. —Señora, un segundo y la atiendo —respondió Clara con voz dulce, pero los ojos ya le sudaban al ver lo que le esperaba. —Marchando dos de pistacho en cucurucho y uno de menta en vaso, pero ya, que mi perro tiene sed —ladró Néstor, mientras un chihuahua bostezaba sin prisa alguna.

En mitad del mostrador, entre tarros de virutas y siropes, se escondía Eladio, un Magikito de ropa colorida que parecía hecha de confeti y un gorro cono de galletas crujientes. Su sensor de malos modales le pitaba en la mente, desagradable como la alarma de un coche a las tres de la mañana. Tantas prisas y excusas estúpidas nublaban la paz del lugar.

Una señora mayor, doña Aurora, esperó su turno con el abanico en la mano. —Clara, hija, cuando puedas me pones un heladito de limón, sin prisa, que el banco de la plaza no se va a mover. Clara le guiñó el ojo. Esa calma era un abrazo en mitad del caos.

Patricia interrumpió. —Si a la abuela le da igual, ¿podrías atenderme antes? Tengo muchísima prisa. Aurora sonrió con paciencia. —Tranquila, moza, que tienes toda la vida por delante, pero sí, Clara, sírvela a ella, que así se relaja la niña.

Clara respiró hondo y sirvió primero a Patricia triple bola de chocolate negro con topping de arcoíris. Justo cuando la entregó, Eladio chasqueó sus deditos mágicos con elegancia, y el helado empezó a chorrear como si fuera agua pura. Chocó río por la muñeca, volcán de sirope por el codo y bolitas de colores en el suelo. —¡Pero qué clase de helado es este! —chilló Patricia, intentando lamerse lo que quedaba de chocolate en sus brazos.

Néstor recibió su pistacho. —¡Vamos, Firulés, esto es para ti! —dijo, acercando el cucurucho al perro. El perro agitó sus manitas y ¡plas! La bola se licuó en cuestión de milésimas, dejando al chihuahua con un bigote verde y a Néstor salpicado de crema de pistacho hasta las cejas.

Mientras tanto, Clara preparó el limón para Aurora. Eladio dejó ese cucurucho impecable, de dibujo animado, frío, cremoso y sin una sola gota fuera de lugar. —Aquí tiene, doña Aurora, disfrútelo —dijo Clara. —Gracias, corazón, ¡qué cosa más bonita! —contestó ella, sentándose en el banco a saborear sin prisas ni manchas.

La cola murmuró. —Oye, ¿te fijaste? Los helados de los impacientes se derriten más rápido —comentó Mario, que llevaba un rato observando. —Pues yo he venido con calma —respondió Lucía, sonriendo—, a ver qué pasa con el mío. Lucía pidió un cucurucho de arándanos salvajes con nata. Eladio sonrió y dejó aquella torre perfecta, firme, como un castillo. Lucía se acomodó a la sombra, probó un lametón y suspiró feliz, observando la divertida escena.

Patricia volvió a la cola, pegajosa como una trampa para ratas. —Quiero un reemplazo, pero ya. Los otros helados están perfectos, y el mío se ha derretido demasiado rápido. Clara, aún tranquila, le sirvió otro. Eladio no dudó. Otra bola, otra carrera contra el deshielo, otro charco resbaloso en el suelo. El resto de clientes ya se partía de risa; hasta el perro meneó la cola como diciendo: —Te lo dije.

Poco a poco, los impacientes se dieron cuenta de que su urgencia era el ingrediente secreto del desastre. Empezaron a bajar el ritmillo. Néstor respiró hondo, acarició a su perro y regresó al mostrador. —Clara, ponme un cucurucho de vainilla, por favor, sin prisas, cuando puedas. Eladio dejó que la vainilla se quedara más firme que un iglú. Néstor la lamió con calma, sonrió y miró su reloj, que por fin parecía moverse despacio.

La plaza cambió de música: risas, cucharitas chocando en vasitos, gente charlando con helados que permanecían perfectos. Clara atendía con más frescura que un ventilador. Y Eladio, satisfecho, trepó a lo alto del dispensador de toppings para observar el milagro de la paciencia en acción.

Patricia, embarrada en chocolate, volvió, esta vez sin el móvil en la mano, y murmuró: —¿Me pondrías un yogur de mango y pepitas de pistacho, cuando puedas? —Claro que sí —contestó Clara, con una sorprendida sonrisa. Eladio soltó un poquito de su polvo de galleta y la bola quedó firme como una promesa. Patricia se sentó en el bordillo, dio un lametón al manjar helado y se rio de sí misma al ver su reflejo chocolatero en la pantalla apagada del móvil.

—Bueno, ¿para qué tomar una foto si de todas formas a la gente no le interesa mi helado? —se dijo, mientras saboreaba el momento a su rollo, tranquilita.

Al caer la tarde, la plaza de Taramundi olía a helado y a calma. Las prisas habían dejado de ensuciar la paz, y los charcos de ansiedad se habían secado bajo el sol. Clara guardó la paleta bajo la ventanilla y saludó desde el camión en marcha. —Gracias por saborear sin prisas, mañana vuelvo con más y mejor. Dio un saltito de alegría y se deslizó tras la máquina frigorífica, listo para su siesta.

La moraleja era simple como un yogur natural: quien corre por gusto, se lleva un susto.

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