Dientesín en la sala de espera. La tarde del jueves se sentía eterna en la consulta dental del Dr. Suárez. El ambiente olía a ese líquido desinfectante que a todos nos pone de mal humor, y el silencio era tan pesado que se podía cortar con un hilo dental.

Sentado en un sillón verde, Jorge, un chico de 12 años, miraba fijamente sus zapatillas. Tenía los dientes apretados y el estómago hecho un nudo por los nervios. El miedo a la famosa silla del dentista lo tenía completamente enojado. Oculto detrás de la gran pantalla de la televisión que nadie miraba, vigilaba a alguien muy pequeñito. Era Dientesín.

Dientesín era un Magikito de la familia de los duendes, del tamaño de un tubo de pasta. Vestía un peto gamberro hecho con una red azul de naranjas y unos zapatos blandos fabricados con algodón hidrofílico. Sintiéndose empapado por el agobio que inundaba la sala, el duende torció la boca y decidió que era hora de actuar. «Este pasillo parece un examen de matemáticas», pensó, frotándose las manos. «Vamos a cambiar el ritmo de estos corazones asustados».

Aprovechando que la recepcionista se giró para archivar unos papeles, Dientesín saltó sobre el mueble de las revistas, sacó de su peto un pequeño cepillo de madera interdental y dibujó espirales invisibles en el aire, soplando un polvo de estrellas que guardaba en su bolsillo. Al instante, las revistas de la mesa empezaron a abrirse solas, mostrando fotos de paisajes que cobraban vida. Los árboles se mecían y los ríos hacían un dulce sonido de agua fresca.

Un aroma delicioso a chicle de menta y campo abierto inundó el local, borrando el olor a farmacia de golpe. Jorge levantó la cabeza y vio una revista donde un conejito animado le guiñaba un ojo desde la página. Una carcajada limpia y sonora le brotó de las entrañas, espantando los nervios en un segundo.

La sensación de alivio y felicidad fue tan grande que, cuando el Dr. Suárez abrió la puerta, Jorge se levantó con energía, listo y tranquilo. El miedo se había esfumado. Desde lo alto del mueble, Dientesín se ajustó su peto de red, dio una voltereta y se escabulló por el conducto del aire hacia su próxima aventura, porque a veces un lugar serio solo necesita un soplo de juego para transformarse en un rincón lleno de paz.

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