Declinaba en la oficina de tráfico. El tic-tac del reloj de pared de la delegación sonaba pesado, como si las manecillas arrastraran cadenas. Había tinta seca, desinfectante barato y desesperación en números de tres cifras. Los ciudadanos esperaban sentados en sillas de plástico gris, atrapados en un bucle eterno de pantallas que no avanzaban.
El foco de la parálisis venía de la mesa 3. Don Amador, el funcionario de renovación, tecleaba con un solo dedo, deteniéndose para suspirar con un soplido que apagaba las ganas de vivir de cualquiera. Frente a él, Carmen se retorcía las manos. ¿Necesitaba el permiso sellado? Antes del mediodía, planeaba partir a un trabajo de repartidora, pero los papeles se ponían amarillos de tanto esperar.
Y, por supuesto, nadie miraba el buzón de sugerencias. Allí dentro, sobre un nido hecho de grapas dobladas y muchos papeles olvidados, observaba Teclina. Esta Magikita pertenecía a la familia de las hadas, aunque su estética distaba de los mitos. Llevaba un chaleco confeccionado con un teclado numérico de goma y una tiara de muelle de bolígrafo que atrapaba la luz fluorescente.
Como buena Magikita, sintió la angustia de Carmen como un pinchazo eléctrico y decidió intervenir. Saltó del buzón y se deslizó detrás del monitor de Don Amador. Su truco nació de la propia oficina. Con su muelle cromado, Teclina rozó la placa del circuito del teclado. Flick, flack, una corriente estática recorrió los cables.
De repente, cada tecla pulsada empezó a liberar burbujas translúcidas que flotaban hacia el techo, reflejando el recuerdo de las cartas de amor que el funcionario guardaba en su cajón desde la juventud. Al presionar la barra espaciadora, sonó un acorde de arpa y una burbuja mostró el aroma del café de domingo. Don Amador miró sus manos, asombrado. Los dedos se le movían solos a velocidad vertiginosa mientras el teclado emitía notas de piano negras.
En tan solo dos minutos, el expediente de la muchacha estuvo aprobado y sellado con un golpe rítmico que sonó a platillo de batería. Carmen recogió sus papeles con una carcajada, contagiada por la música. Don Amador, bailando en la silla, empezó a cantar los siguientes números con un tenor de ópera. Los ciudadanos se unieron, aplaudiendo cada vez que la pantalla avanzaba tres turnos de golpe. La oficina gris se volvió una pequeña fiesta administrativa.
Teclina observó el revuelo desde la fotocopiadora, satisfecha. Guardó su muelle y se deslizó por el conducto del aire hacia su próxima aventura. Porque, a veces, el tiempo no se mide en minutos interminables, sino en las notas de alegría que somos capaces de arrancarle a la rutina.