En una pastelería apagada por la prisa y las cuentas, Clara intenta no perder el amor por su oficio.
Entonces aparece Cremina, una pequeña Magikita de las hadas, dispuesta a poner la crema... y los corazones, en su sitio.
Un cuento dulce sobre arte, memoria y la magia escondida en los detalles.

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La historia

La tarde de domingo moría con pereza en la pastelería San Román, un rincón con solera donde el aire siempre olía, de una forma densa y deliciosa, a masa de hojaldre recién horneada, a vainilla de Madagascar y azúcar tostado. Debería haber sido el lugar más feliz del barrio, pero aquella tarde de mayo el ambiente estaba cortado como la mala leche. Detrás del mostrador de cristal, Clara, la joven pastelera, decoraba una tarta con las manos temblorosas y los ojos rojos de contener las lágrimas.

A su lado, Don Rogelio, con su bigote afilado y su libreta de cuentas usada como escudo contra el mundo, no paraba de machacarla con un tono gris y monótono. La prisa, las cuentas y la falta de alma habían convertido el obrador en una fábrica de dulce sin alegría, y Clara, que amaba su oficio, sentía cómo se le apagaba la pasión.

Encima de la estantería de las esencias, escondida detrás de un bote gigante de canela en rama, observaba la escena alguien muy pequeña: Cremina, una Magikita de la familia de las hadas, del tamaño de un frasco de vainilla. Vestía un delantal de papel de horno arrugado y un gorro puntiagudo hecho con la cápsula de aluminio de una botella de cava. Como toda hada de Taramundi, sentía la frustración humana al vuelo, y el ambiente rancio de la pastelería le revolvía el estómago.

Aprovechando un descuido de Don Rogelio, Cremina saltó hasta el gran bowl de acero donde Clara había montado una crema chantilly perfecta. Sacó de su delantal un pequeño batidor hecho con un muelle de bolígrafo viejo, lo hundió en la crema y comenzó a batir en círculos, mientras soplaba un polvo finísimo, un extracto de alegría. Después rozó las frutillas silvestres de la mesa, encendiéndolas con un brillo rojo y magnético.

Cuando Clara regresó para rellenar la manga pastelera, ocurrió algo mágico e increíble. La crema empezó a inflarse, ligera como una nube de verano, y al contacto con el metal brotó un clarísimo acorde de violines. Las tartaletas vacías comenzaron a moverse; la crema dibujó espirales perfectas en el aire y las frutillas saltaron una a una, como si bailaran un vals invisible, antes de posarse con precisión sobre cada montaña blanca.

No era un desastre. Era un espectáculo de ballet gastronómico que inundó la pastelería de un aroma intenso, fresco, a campo y a fruta madura. El olor golpeó la memoria de Don Rogelio y le devolvió la cocina de su abuela, los domingos de su infancia y la razón por la que había abierto la pastelería: ver la felicidad en la cara de los niños al morder un pastel. La magia le devolvió el corazón que los números le habían congelado.

Una gota de crema cayó en la punta de su nariz. Se la llevó a la boca y su rostro de vinagre se derritió por completo. —Esto es glorioso, Clara —murmuró, con los ojos empapados—. Olvida la prisa, olvida las cuentas. Esto es lo que de verdad importa. ¡Qué belleza!

Los clientes, atraídos por la música celestial y el aroma bendito, se asomaron al obrador y aplaudieron el milagro. Aquella tarde, la pastelería San Román no vendió postres: repartió pedazos de felicidad. Don Rogelio guardó la libreta, sirvió cafés gratis y charló con los vecinos, mientras Clara dirigía el obrador con el orgullo recuperado.

Desde lo alto de la estantería, bien escondida tras el bote de canela, Cremina contempló la pequeña fiesta con una felicidad inmensa en sus ojillos negros. Al ver a Don Rogelio felicitar de corazón a Clara, el hada del delantal de papel sonrió, se acomodó su corona de cava y se deslizó en silencio por la puerta trasera, buscando el próximo rincón gris que necesitara una pizca de luz. Porque los negocios se miden con balances y monedas, pero la vida sabe mucho mejor cuando se decora con paciencia, arte y una buena capa de crema.

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