En una mañana luminosa, los Magikitos emprenden la Ruta del Agua en Taramundi buscando el “tesoro de la sonrisa infinita”. Entre cascadas y bosques brillantes, una chana misteriosa les pone a prueba. Con la ayuda de los niños del pueblo, la aventura se llena de pistas, travesuras y magia.

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La historia

Aventuras en Taramundi.

Un día por la mañana, los Magikitos, con sus mochilas cargadas de purpurina, se ajustaron las botas de montaña. Corría el rumor por todo Taramundi de que en algún punto de la famosa Ruta del Agua se escondía el tesoro de la sonrisa infinita. Empezaron a caminar hacia la cascada de la Salgueira, y un grupo de niños se unió a ellos.

El bosque estaba tan verde que parecía brillar. De repente, junto al agua, vieron a una chana peinando su larga cabellera con un peine de oro. —Para encontrar el tesoro —susurró la chana—, necesitáis algo que no tenéis.

Entonces, Chispa sacó su tambor y tocó un ritmo tan alegre que la chana empezó a bailar. Como agradecimiento, ella les señaló una cueva escondida detrás de la cortina del agua. Los Magikitos, seguidos de los niños de Taramundi, se adentraron en el túnel: hacía frío y las telas de araña aterrorizaban por todas partes, pero chasquearon sus deditos y destellos de luz los acompañaron durante el camino.

Al final se veía de nuevo la luz, y llegaron por fin a la cortina de agua que estaba detrás del molino de los Teixois. Un trazo travieso, con su gorro rojo y su mano agujereada, les cortó el paso. —¡He escondido las llaves del mazo! —se burló el duendecillo—. Si no las encontráis, el agua no podrá trabajar.

Pau miró a través de los agujeros de la mano del trazo y, ¡zas!, vio que las llaves estaban escondidas dentro de un gorro. En lugar de enfadarse, le dio un abrazo con su manta de vainilla. El duende, que solo quería llamar la atención, se volvió tan bueno que decidió unirse a la búsqueda del tesoro con los Magikitos y los niños.

Finalmente llegaron a la pintoresca aldea de Las Vegas, donde las casas de piedra parecen dormir bajo el valle. En el centro del pueblo encontraron un viejo cofre de madera cubierto de musgo. Los Magikitos abrieron la tapa, algo nerviosos. ¿Qué habría dentro? ¿Monedas de oro? ¿Diamantes? ¡No! Dentro había un gran espejo mágico.

Cuando cada niño se asomaba, el espejo no mostraba su cara normal, sino una versión de sí mismo ayudando a los otros, compartiendo su merienda y riendo a carcajadas. —¡Este es el tesoro! —exclamó Chispa lanzando confeti—. El tesoro es darte cuenta de que la magia más grande de Taramundi no está en los museos, sino en el buen rollo que lleváis dentro.

Desde aquel día, quienes recorren la Ruta del Agua dicen que, si escuchas con atención, todavía puedes oír las risas de los Magikitos entre los molinos.

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