Cafeíto en la cafetería del centro. La tarde de lluvia avanzaba con pereza en la cafetería central. El cielo estaba plomizo y las mesas se llenaban de clientes que miraban sus tazas fijamente, contagiados de un aburrimiento gris. Detrás de la barra, Mateo, el camarero, servía los platos con movimientos mecánicos, arrastrando los pies y con un suspiro atrapado en la garganta. La rutina del martes había apagado la chispa del lugar.

Oculto detrás de la gran máquina de café de acero inoxidable, vigilaba a alguien muy pequeño. Era Cafeíto. Cafeíto era un Magikito de la familia de los duendes, del tamaño de una cucharita. Vestía un chaleco marrón hecho con un saco de arpillera reciclado y un gorro divertido confeccionado con un filtro de papel. Sintiéndose empapado por la amargura del ambiente, el duende decidió que era hora de intervenir.

—Vaya caras de vinagre —susurró, frotándose las manos—. Este café necesita un buen extra de alegría.

Aprovechando que Mateo se giró a buscar unos vasos, Cafeíto saltó sobre los saquitos de azúcar, sacó de su chaleco un palillo de dientes mágico y dibujó espirales invisibles sobre la espuma de las tazas que esperaban en la bandeja. Luego sopló un polvo dorado que guardaba en su bolsillo. Al instante, un aroma potente, dulce y delicioso, de café recién tostado y avellanas, inundó el local.

Las espumas de los capuchinos cobraron vida, dibujando caras sonrientes que bailaban de forma suave al compás de las cucharillas. Mateo parpadeó asombrado. Al oler ese aire tan vivo, una sonrisa enorme le rompió la seriedad y comenzó a silbar una melodía alegre mientras repetía los pedidos. Los clientes, hipnotizados por el aroma, empezaron a charlar y a reír entre ellos, transformando el local en una fiesta cálida.

Desde su rincón, Cafeíto sonrió con picardía, se ajustó el gorro y se escabulló hacia la salida, porque a veces un día gris solo necesita un buen aroma para despertar la alegría que llevamos dentro.

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