Amanecía sobre el jardín comunitario de Ribadeo, ese trozo de verde abrazado por edificios altos donde los vecinos cuidaban flores y tomates como si fueran de la familia. Olía a tierra mojada y a romero. Tendría que haber sido el sitio más feliz del barrio, pero no.
Don Ernesto, un señor mayor, famoso por su mal genio, andaba entre los bancales refunfuñando. «Aquí no crece nada como Dios manda, siempre igual: hojas rotas y tallos secos». Repetía, mirando las plantas con cara de «no, lo que es a mí, no me engañan». Los demás hortelanos, que venían buscando un rato de paz, se iban encogiendo con tanta queja.
Detrás de la regadera vieja, donde nadie mira jamás, había alguien que no se perdía detalle. Era Brotina, una Magikita de las traviesas, una duendecilla con un peto hecho de hojas de acelga y unas botas hechas con cáscaras de bellota. Los duendes, como ella, sienten el ánimo de la gente igual que se huele a lluvia antes de que caiga. Y aquella mañana, el mal humor de Don Ernesto le llegaba como un nubarrón.
A su lado, dejando un rastro de plata que brillaba con el primer sol, avanzaba despacito su compañero del alma, Caracolino, su Animagikito, un caracol que no tenía prisa ninguna en este mundo ni en el otro. —Este hombre tiene prisa —le susurró Brotina al caracol, rascándole los cuernecitos—. Y un jardín no es una carrera, ¿verdad que no? Un jardín es para los que saben esperar.
Caracolino estiró los cuernos, que era su manera de decir que sí, y entre los dos montaron el plan más lento y más bonito del mundo. Mientras Brotina señalaba el rincón más triste del huerto, donde la tierra estaba seca y apagada, Caracolino se puso en marcha, sin correr, porque no sabe. Empezó a pasear, dibujando con su baba un camino brillante que serpenteaba entre los terrones. ¡Flip, flip, flip! Y por donde el caracol iba, dejaba su rastro de plata y Brotina soplaba una pizca de polvo de su peto, para que cada gota se hundiera en la tierra como una semilla de luz.
Tardaron toda la noche. Un caracol no conoce otra velocidad y a Brotina le pareció perfecto. Cuando al amanecer siguiente Don Ernesto llegó arrastrando los pies y la regadera, se quedó clavado. El rincón seco se había vuelto una explosión de flores de mil colores, exactamente por donde había pasado el caracol: amapolas, caléndulas, unas margaritas gordas que parecían reírse, y todo seguía un caminito en espiral, como si la tierra hubiera dibujado un caracol gigante.
«Pero, pero, ¿qué ha pasado aquí?», se decía, rozando un pétalo con el dedo tosco. Se le empezó a deshacer la cara de vinagre y, sin querer, le salió una sonrisa. «Esto no lo he visto yo en mi vida». Los otros hortelanos se fueron acercando, atraídos por aquel milagro, y Don Ernesto, el que criticaba hasta el aire, se descubrió de pronto enseñándoles dónde plantar, contándoles el truco de regar al atardecer, riéndose con ellos por primera vez en años. Resulta que sabía un montón, solo le faltaba a quién contárselo.
Para el mediodía, el jardín entero zumbaba de abejas, de charla y de gente con tierra bajo las uñas. Alguien sacó un termo con café. La señora del tercero plantó esquejes nuevos, justo siguiendo la espiral de flores, porque queda bonito así. Desde la sombra fresca de una hoja de acelga, Brotina contemplaba el cotarro con las manos en las caderas y una sonrisa de oreja a oreja.
Caracolino se acomodó en su concha, que para eso la llevaba siempre puesta, y se echó a dormir la siesta más merecida del mundo. Ella le dio un besito en la concha y lo dejó roncar, porque los caracoles lo tienen clarísimo y los Magikitos también. A lo que de verdad florece no se le puede meter prisa, hay que pasearlo despacio, con cariño y dejando un rastro bonito por donde uno va.