Cuentos de Taramundi. Un martes por la mañana, Abelino estaba en un aprieto. En su obrador, el horno de leña echaba humo sin parar, y por la ventana se veía una fila de visitantes que llegaba hasta el río. Todos querían probar su famoso pan de aldea.

—¡Ay, mi madre! —decía Abelino, secándose el sudor con el delantal—. ¡A este paso, los últimos solo van a comer migas!

De pronto, ¡puff!, los Magikitos aparecieron sobre la mesa de amasar, cada uno con un pequeño delantal a medida. Chispas tomó el mando y dividió la mesa en estaciones de trabajo.

—¡Abelino, tú amasa; nosotros ponemos la magia logística! —ordenó con su silbato de caramelo.

Pau se subió a un saco de harina y empezó a marcar un ritmo de beatbox galáctico. La masa, al escucharlo, empezó a crecer el doble de rápido, como si la estuvieran inflando. Las burbujas de la levadura bailaban al son del tambor.

Chispa volaba por encima de las hogazas, lanzando sus polvitos de eficacia divertida. Cada vez que una barra se dejaba tocar, se dividía en dos automáticamente, y cada una sabía mejor que la anterior. El horno de piedra, contagiado por el buen rollo, horneaba en tiempo récord sin quemar ni una sola corteza.

Cuando Abelino se agobió por el murmullo de la gente fuera, Pau se acercó y le dio un abrazo de aroma. De repente, todo el obrador olía a una mezcla de pan recién hecho, miel y calma. Abelino sonrió, y esa sonrisa pasó directamente a la masa.

Cuando los visitantes entraron, se encontraron algo increíble: el pan tenía forma de animales del bosque de Taramundi. Al morderlo, a la gente le entraban ganas locas de contar chistes y abrazar al vecino. Había pan para todos; incluso sobró para los pajaritos del valle.

Abelino, feliz y descansado, les regaló a los Magikitos una hogaza gigante, que Pau convirtió en una alfombra voladora mágica de migas para que pudieran regresar a su arco iris. Abelino, encantado, les dio las gracias: sin ellos, el pueblo hoy se habría quedado con hambre.

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