Azulina en el hospital del barrio. La tarde del miércoles se sentía fría en la sala de espera de pediatría. El suelo blanco reflejaba la luz aburrida de los tubos del techo y el ambiente estaba lleno de silencio y nervios.
Sentado en una silla de plástico, Lucas, un niño de seis años con el brazo vendado, miraba fijamente sus zapatos con una gran tristeza. Tenía miedo del doctor y unas ganas enormes de llorar que no lo dejaban respirar. Oculta detrás del gran dispensador de agua, vigilaba alguien muy pequeñita: Azulina.
Azulina era una mariquita de la familia de las hadas, del tamaño de un bote de jarabe. Vestía un precioso traje hecho con una gasa médica reciclada y una corona de color azul brillante, recortada de una chapa de refresco. Al notar el miedo de Lucas, fue como un pinchazo frío en sus alitas. El hada supo que era el momento de actuar. «Este valiente necesita recordar la alegría», susurró sonriendo.
Aprovechando que la mamá de Lucas fue a hablar con la enfermera, Azulina voló hacia la mesa donde reposaba la merienda del niño, una tarrina llena de arándanos frescos y oscuros. Sacó de su bolsillo un clip dorado y tocó las frutas una a una, soplando un polvo lleno de chispas.
Al instante, un aroma dulce e increíble a bosque húmedo inundó la sala. Los arándanos cobraron vida y empezaron a flotar, estallando en el aire como pompas de jabón y soltando un humo de color azul brillante que dibujaba pájaros y nubes en el techo. Lucas levantó la cabeza y una risa limpia le rompió el miedo. Los otros niños de la sala corrieron felices a atrapar las figuras de color azul que bailaban en el aire.
Cuando el doctor abrió la puerta, se encontró una fiesta llena de sonrisas y calma. Desde su escondite, Azulina se ajustó la corona y se marchó en silencio por la ventana, porque a veces el miedo es muy grande, pero una pizca de magia de color azul es suficiente para devolver la valentía.