Antenita en la oficina de correos. El aire en la sucursal de correos del centro de la ciudad pesaba más que un paquete de enciclopedias mojadas. Era un martes de esos en los que el cielo tiene un color de cemento y el suelo estaba súper mojado por el agua que goteaba de los paraguas. Olía a pegamento barato, a tinta de sello y a prisa reprimida. Nadie miraba a nadie; cada humano estaba sumergido en la pantalla de su teléfono, esquivando la realidad a base de videos de gatitos o correos urgentes que bien podían esperar a mañana.

En mitad de ese desierto de miradas bajas, estaba don Romualdo, el jefe de la oficina. Tenía el pelo gris, la camisa arrugada y un ceño tan fruncido que parecía que las cejas se le iban a juntar en una sola. Llevaba veinte minutos intentando descargar un archivo importante en la computadora principal, pero la barrita de progreso se había quedado congelada en el 99 %. —¡Maldito trasto! —dijo, dándole un golpe seco al módem que parpadeaba con una luz roja agonizante—. El wifi de este sitio es un insulto a la paciencia. ¿Es que nadie va a arreglar esta antena?

Justo encima de la máquina expendedora de turnos, oculta tras un montón de cajas de cartón polvorientas, se estiró una criatura diminuta. Era Antenita, una Magikita de la familia de las hadas y de las que tienen más cables que varitas. Medía apenas 15 centímetros y vestía un impermeable fabuloso hecho con el empaque metalizado de una bolsa de papas fritas, rematado con un cinturón de clips de colores y una tiara de cobre que había trenzado ella misma con los hilos de un cable de teléfono viejo. Las hadas, como ella, percibían la tristeza ajena como si fuera propia, y aquella oficina vibraba con una frecuencia gris y cansada que le daba escalofríos. A su lado, rascándose la oreja con una pata trasera, estaba Turbo, su Animagikito, un abejorro regordete que había perdido un trozo de ala en Taramundi y ahora llevaba una prótesis impecable hecha con un trozo de cinta de cassette transparente.

—Están completamente desconectados, Turbo —zunzurró Antenita, ajustándose las gafas de tuerca—. Creen que la red es la que sale del aparato, pero la verdadera señal está por los suelos. Vamos a tener que hacer un puente. Turbo soltó un zumbido ronco como el motor de una moto vieja, lo que significaba que estaba más que listo.

Antenita se deslizó por el cable de la luz con la agilidad de una acróbata. Llegó hasta el módem averiado, se sentó sobre la antena de plástico negra y sacó su herramienta, un destornillador minúsculo hecho con un alfiler de gancho. Rozó la luz roja con la punta de su tiara de cobre y cerró los ojos. La magia de Antenita no brillaba por los destellos, sino por las ideas que encendía. Flick, flack. Turbo empezó a volar en círculos perfectos alrededor del módem, soltando un polvillo dorado que olía a ozono y a menta.

Con cada aleteo, la señal del wifi no subió a las computadoras, sino que se desvió en ondas invisibles directamente hacia la fila de personas. El truco estaba en marcha. De repente, la pantalla del teléfono de Carmen, una muchacha que esperaba para mandar un paquete, se apagó por completo. Apareció un mensaje en letras gigantes: «Red no encontrada. Busque señal en los ojos de la izquierda». Carmen parpadeó, muy extrañada, y miró a la izquierda.

Allí estaba Martín, un señor con cara de pocos amigos que sostenía un pastel de cumpleaños. Por primera vez, Carmen vio que la caja del pastel estaba un poco aplastada por un lado. —Vaya —dijo Carmen sin pensarlo—. Espero que el merengue haya sobrevivido a la fila. Martín miró su teléfono, que también se había quedado congelado con el mensaje: «Baje la cabeza y perderá el paisaje». Levantó la vista, miró la caja y miró a Carmen. —Pues es para mi nieta. Cumple seis. Si el unicornio de azúcar se ha quedado sin cuerno, me mata —confesó Martín, y una sonrisa tímida le ablandó las arrugas de la boca. —Tengo cinta adhesiva de colores en la mochila —ofreció Carmen—. Podemos hacerle un cuerno nuevo antes de que le toque el turno.

En la otra punta de la sala, la computadora de don Romualdo emitió un pitido celestial. La barrita del 99 % desapareció y en la pantalla brotó un anuncio gigante con un muñeco animado que bailaba tap. Don Romualdo se quedó de piedra. Miró a los clientes, que ya no miraban sus pantallas, sino que se habían amontonado alrededor del pastel de Martín para enderezar al unicornio con cinta rosa. Una señora mayor sugería usar un clip, y un chico joven buscaba un tutorial en su mente porque el internet seguía caído. La oficina ya no era un desierto, era una pequeña asamblea de ingenieros del merengue.

Se oían risas, intercambios de nombres y el roce de las chaquetas al moverse. El aire gris se había vuelto limpio, casi brillante. Don Romualdo se frotó los ojos, miró el módem, que ahora parpadeaba con una luz azul suave y alegre, y sintió que el nudo del estómago se le soltaba. Se acomodó la corbata, carraspeó y dijo con una voz mucho más cálida de la habitual: —A ver, el del pastel de cumpleaños. Pase por la caja 3, que el correo de los unicornios tiene prioridad absoluta hoy.

La fila aplaudió entre risas. Desde lo alto de la estantería de los sellos internacionales, Antenita contemplaba la escena con los brazos cruzados, satisfecha del puente analógico que acababa de construir. Turbo se posó en su hombro, frotando sus antenas contra su mejilla de porcelana. Ella le acarició el lomo peludo y guardó su alfiler de gancho en el peto. A veces, la mejor forma de arreglar una conexión que no funciona, es apagar las antenas del techo y encender las que llevamos por dentro.

0:00

Este cuento también aparece en

Tu cesta: 0,00 € (0 productos)