El castillo de Bellavista tenía de todo menos vista, porque la niebla de las seis de la tarde se lo tragaba siempre como un lobo gris. Don Tristán, el alcaide de la fortaleza, llevaba tres días sin pegar ojo por culpa de la bandera. «Esa bandera no ondea, parece un harén calmado», rugía desde la torre del homenaje, señalando el mástil principal.

La bandera del reino, que debía ser de un rojo heráldico y asustar a los enemigos, se había quedado de un color rosa pocho, de tanto lavarla con ceniza. Para colmo, el hijo pequeño del herrero, un bebé regordete llamado Martín, se había colado en el patio de armas y lloraba con el tono exacto de una gaita desafinada. El ambiente estaba tan espeso que las flechas de los guardianes daban la vuelta en el aire por pura pereza.

A tres metros del final de la muralla, metida dentro de un nido de golondrinas deshabitado, una Magikita de la familia de las hadas se ajustaba una capa hecha con la piel de una almendra. Se llamaba Alfileres. No llevaba varita de estrella ni alas de libélula. Su corona era un imperdible oxidado y usaba un dedal de plata como sombrero para cubrirse del viento del norte.

Alfileres sintió el pinchazo de la frustración de don Tristán, que tenía el orgullo herido por culpa de la bandera desteñida y por el berrinche del pequeño Martín, que solo quería una siesta que nadie le daba. «A grandes males, puntadas finas», se dijo el hada, sacando del peto un hilo dorado que había mangado de la canastilla de la reina.

Alfileres se deslizó por la soga del estandarte hasta llegar a la bandera pocha. Sacó su alfiler de costura real y empezó a coser a una velocidad increíble, de esa que hace chichac, chichac, y saca chispas del roce. No cosía flores ni escudos de armas; cosechó algunos bostezos de don Tristán, pesados como adoquines, y los enhebró directamente en el dobladillo de la bandera. Luego bajó al patio flotando sobre una hoja de roble y le robó al bebé Martín un suspiro de puro cansancio y lo remató en la esquina derecha de la bandera con un nudo marinero.

El truco mágico funcionó a la primera ráfaga de aire. Cuando el viento sopló, la bandera desteñida no hizo el típico uf, uf militar, sino que emitió un silbido suave, un arrullo que olía a lana limpia y a leche calentita. Don Tristán, que iba a gritarle a uno de los guardianes, abrió la boca tanto que se le desencajó la mandíbula en un bostezo grandioso.

El guardián cayó redondo sobre un pajar y los otros guardianes de la muralla apoyaron los escudos y se deslizaron por el muro como si fuesen de gelatina. El bebé Martín cesó el llanto de golpe, parpadeó dos veces mirando la bandera que flotaba con el ritmo de una cuna y se quedó frito con el pulgar en la boca. Toda la tensión del castillo se disolvió en un concierto de respiraciones acompasadas y pacíficas.

Aquella tarde no hubo batallas ni broncas, solo 50 hombres de armas durmiendo la siesta más épica de la historia medieval. Alfileres se sentó en el puño de la espada del alcaide, contemplando el panorama con una sonrisa gamberrilla. Limpió su aguja con la manga, se encajó el dedal hasta las cejas y se marchó saltando de almena en almena hacia los bosques de Taramundi.

Al fin y al cabo, por unas horas, aquel lugar gris se había convertido en el sitio más feliz y tranquilo del mapa. Porque a veces no hace falta ganar una guerra para conquistar la paz; basta con saber hilar el descanso en el momento justo.

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