Escúchalo narrado
0:00 / 5:08Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
Falandro apareció con un tubo vacío de papel higiénico debajo del brazo y nos anunció que aquella tarde íbamos a ver una maravilla. Llevaba tres días dando la tabarra con el rayo verde. Según él, sabía exactamente cuándo salía. Al sol lo tenía controladísimo, el tío.
Nosotros cogimos una manta, un puñado de aceitunas y a Berto, que se había quedado dormido mientras Falandro explicaba por dónde se ponía el sol. Lirina llevaba una concha para servir la merienda. Aquello prometía.
En cuanto llegamos a la loma junto al mar, nuestro experto se subió a una piedra y desplegó su instrumental. Bueno, lo sacó del sobaco. Era el cartón del váter. Sin cristales, sin nada.
«Kiyo, esto no aumenta una mierda», dijo Berto al probarlo.
«Te concentra la mirada, ignorante. Es otra tecnología».
Lirina le dio la vuelta al tubo y descubrió un cachito de papel pegado. Falandro lo arrancó con mucha dignidad. Nos aclaró que aquello era el filtro. Nos dio tanta risa que hubo que sujetar la concha para no perder las aceitunas.
El cielo no trabaja por encargo
El rayo verde existe, criaturas. A veces, justo cuando el sol termina de ponerse, aparece un destello verde que dura apenas un instante. También puede ocurrir al amanecer. La atmósfera desvía y separa los colores de la luz, y ciertas condiciones del aire permiten ver ese último brillo. Hace falta que acompañen las condiciones y tener el horizonte despejado. Falandro, por supuesto, aseguraba que también ayudaba estar con él.
Extendimos la manta y dejamos el tubo en la piedra. El mar iba poniéndose color melocotón. Berto repartió las aceitunas, una para cada uno, y luego otra para él porque había hecho el reparto. Le quitamos la concha antes de que se cobrara también el transporte.
Pasó un rato. Falandro miraba al cielo, se ajustaba el gorro y volvía a mirarnos, esperando que alguien apreciara lo bien que estaba llevando aquello. Nosotros disfrutábamos del aire salado. Una gaviota se posó cerca y él intentó echarla porque le estropeaba la concentración. La gaviota se quedó. Nosotros también.
«Venga, sol, haz lo tuyo, picha. Que se nos enfría la tarde».
Ahí a Falandro se le escurrió su última aceituna. Rodó por la manta y cayó entre dos piedras. Se agachó de golpe. Metió una mano, se tumbó un poco más y acabó con el culo en alto, refunfuñando que aquella era la más gorda.
Y entonces nos callamos
Fue justo entonces. En el borde del mar apareció un verde pequeñito, limpio, precioso. Duró tan poco que Lirina apenas tuvo tiempo de apretarle la mano a Berto. Nos quedamos quietos. Mira que nos cuesta cerrar la boca. Pues durante aquel segundo no nos salió ni una chulería.
A Lirina le quedó una chispa verde entre los dedos. Esas cosas nos pasan a los Magikitos cuando algo nos toca muy dentro. La tapó con la otra mano para que no se la llevara el viento. Berto tenía los ojos húmedos y estaba sonriendo. Le arrimamos la manta sin decirle nada.

Falandro levantó la cabeza con su aceituna recuperada y nos vio aquellas caras. Miró el horizonte. Miró el cartón. Se incorporó despacito.
«¿Cómo que ya ha pasao? ¡Me cago en la puta aceituna!».
Nos doblamos de risa. Él intentaba enfadarse, pero acabó riéndose también, todavía con tierra en la nariz. Lirina abrió las manos y le sopló su chispa al pecho. Se le iluminó un botón del chaleco. Falandro lo acarició con un dedo y estuvo un ratito sin hacerse el importante.
Luego recogió su catalejo, se levantó y anunció que mañana volvíamos. Lo de hoy había sido un ensayo. Nos guiñó un ojo, muy serio, y nos enseñó la aceituna.
«Pero mañana las traéis sin hueso. Que como me entretenga escupiendo y me pierda otro, os meto el telescopio por el culo».