Escúchalo narrado
0:00 / 4:25Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
¿Quién fue el lumbreras que tocó una camiseta blandita y pensó que le faltaba una mierda que raspara? Porque hay que tener mala idea, coño. La prenda acaricia. La etiqueta te va lijando el pescuezo. Y tú haciendo movimientos raros con el hombro mientras intentas mantener una conversación.
Nosotros señalamos al culpable sin miedo. Las etiquetas de dentro de la ropa son el enemigo número uno de los Magikitos. En los calzoncillos, en las camisetas, en los pantalones, en los abrigos. No se libra ni un culo. Te abrigas por capas y cada capa trae su propia cabrona.
La del cuello pincha justo donde no llegas. La del costado espera a que te sientes. Y la del calzoncillo, kiyo, esa tiene una puntería que ya quisieran muchos. Tú saludando a la vecina muy digno y por dentro te estás acordando de toda la familia del fabricante.
Encima las hay que se despliegan. Tiras de una puntita y aquello sigue saliendo. Una hoja, otra, otra más. ¿Esto es un pantalón o me habéis metido dentro las escrituras de una finca? Tengo los muslos juntitos, criatura. Ahí no cabe una biblioteca.
«Fermín, ¿has terminado de sacar la etiqueta?».
«Espera, que todavía queda por detrás».
Ninguno de nosotros se ha levantado diciendo que le apetece leer las instrucciones del calzoncillo. Ya sabemos que pone cómo lavarlo. Pues ponlo donde no nos rasque, cojones. Que nosotros queremos andar por el bosque, no aprender idiomas con una mano metida en el pantalón.
Y cortarla a lo bruto tampoco arregla el cabreo. Dejas ese piquito tieso junto a la costura y ahora raspa más. Antes te molestaba una etiqueta. Ahora te molesta media etiqueta y encima has trabajado gratis. Dan ganas de ponerse en pelotas y que se vista el que lo inventó.
Las tijeras buenas, miarma
Por eso tenemos unas tijeras especiales de costura, pequeñas, afiladas y con los mangos dorados. Las guardamos en una funda. Nadie las usa para abrir paquetes, cortar cartón ni arreglarse el flequillo. Con esas tijeras se quitan etiquetas. Hay cosas sagradas en esta casa.
Extendemos la ropa sobre la mesa y apartamos la etiqueta de la tela. Uno la sujeta y otro va soltando con cuidado los hilitos que la agarran. Sin llevarse por delante la costura, que hemos venido a estar cómodos, no a salir con una teta al aire.
«Venga, sal de ahí, hija de puta. Se acabó lo de arañarme».

Cuando cae la última, nos ponemos la camiseta y movemos los hombros despacito. Nada pincha. Nada roza. Ay, qué gustito, hostia. Fermín lleva los brazos en alto por el pasillo. Lo dejamos celebrar. Cada uno se viene arriba con lo suyo.
Luego juntamos las etiquetas y las quemamos en la chimenea del taller. Nos sentamos delante a verlas desaparecer, tan a gusto. Con los tapones pegados a las botellas todavía tenemos cuentas pendientes. Pero esa tarde ni un trocito de tela nos iba a tocar los cojones.
Hasta que fuimos a guardar las tijeras.
Fermín metió un dedo en la funda, frunció el morro y sacó de dentro una etiqueta cosida.
«¿Y esta?».
Nos quedamos mirándola. La funda de las tijeras de quitar etiquetas tenía una puta etiqueta.
«Fermín, no apagues el fuego todavía».