Escúchalo narrado
0:00 / 4:45Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
A Tiberio le estábamos preparando un funeral y el cabrón todavía nos corregía las flores. Que las amarillas no, que le daban mala cara. Tenía medio cuerpo transparente, se le veía una hormiga a través del culo y seguía queriendo quedar guapo. Hay que tener categoría hasta para irse a tomar por saco.
Todo había empezado aquella mañana, cuando se metió en el hueco de una ventana donde tres humanos llevaban horas poniéndose a parir. Nosotros le dijimos que saliera. Él se remangó.
«A estos les arreglo yo la tarde. Sujetadme el queso».
Primero les escondió el mando. Luego hizo bailar una cucharilla dentro de un vaso. Hasta se puso un bigote de pelusa y cruzó el alféizar meneando las caderas. Nada. Cada broma les daba otro motivo para discutir. Se estaban echando en cara hasta quién había comprado las servilletas en una boda de hacía quince años.
Al principio Tiberio perdió el brillo de las orejas. Después se le borraron los dedos de un pie. Nosotros dejamos de reírnos cuando vimos la pared a través de su barriga. Lo sacamos entre dos, deprisa, y lo llevamos al claro.
Aquello nos recordó por qué nunca damos una cifra cuando nos preguntan cuántos años vivimos. Podemos durar siglos, mientras conservemos la chispa. Algunos hemos visto crecer robles enormes y todavía discutimos por el último garbanzo. Madurar tampoco hay que madurar tanto, cojones.
El alma sigue de juerga
En la magia de nuestro bosque, la muerte es una desintegración: se deshace la forma que tenías y el alma pasa a otra cosa. Puede acabar en un árbol, en un bicho o en otra persona. La vida cambia de cuerpo y sigue buscando dónde liarla. Nosotros nos imaginamos a más de un antiguo colega naciendo humano y mirando a la comadrona con ganas de pedirle una tapa.
«¿Ya hemos salido? Pues ponme algo de comer, criatura».
Pero los Magikitos tenemos un punto débil muy puñetero. El mal rollo sostenido nos desintegra por completo como duendes. Se apaga la chispa que nos mantiene juntos y la palmamos allí mismo. El alma seguirá su camino, pero ese compañero, con su voz y su gorro torcido, ya no vuelve a sentarse a nuestra mesa. Por eso nos lo tomamos tan en serio.
Probamos con chulerías, trastadas y bromas mientras podemos. Cuando aquello se convierte en una fábrica de odio, nos largamos. No tenemos que morir intentando animar a quien disfruta machacando al de al lado. Y una pena es otra cosa, miarma. A quien está triste le hacemos compañía, no le exigimos que nos baile unas sevillanas.
El fiambre tenía cosquillas
Tiberio llegó tan apagado que Pindongo sacó una caja de cerillas para acostarlo. El pobre se tumbó, nos agarró de las manos y anunció su última voluntad con un dramatismo tremendo.
«Mi queso, repartidlo. Pero la corteza se la dais a esos tres hijos de puta».
Nos quedamos a su lado. Le frotamos las manos y empezamos a contar las veces que la había liado. Pindongo quiso despedirlo con una reverencia solemne, pisó la punta de su propio gorro y metió la cabeza en el queso que había prometido sujetar.
Tiberio soltó una risita. Luego otra. Pindongo se levantó con una oreja rebozada y siguió haciendo reverencias, el muy artista. Nos descojonamos todos. A cada carcajada, a Tiberio le volvía un trocito de cuerpo. Primero los dedos. Después la barriga. El buen rollo nos sana así, juntándonos de nuevo mientras queda una chispa encendida.

Al rato estaba entero, sentado en su caja de cerillas y mojando pan. Nos abrazó uno por uno. Nosotros teníamos un nudo en la garganta, aunque Pindongo seguía oliendo a queso.
Tiberio se levantó por fin y fue a ponerse las botas que le habían dejado junto a las flores. Tenían un agujero enorme. Miró a Pindongo, que estrenaba calzado.
«No me mires así, kiyo. Para estar tumbado te valían las mías».