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Mide 37 cm de pura travesura dulce, y cuando se acerca lo notas porque el aire se vuelve canela, como café recién molido pero con ganas de abrazo. Lleva un gorro color canela bien plantado y una chaquetilla verde liquen que parece sacada de una piedra vieja con musgo, rugosa y con historia.
Es un presumidillo, sí, pero de los que caen bien. Va por ahí enseñando el botón brillante con el que se cierra la chaquetilla, como si fuera una medalla ganada en una carrera de caracoles. Luego se pierde entre zarzas, recolectando frutos del bosque para su mermelada secreta, siempre con canela, siempre con alegría.
- Saluda a las urracas y les suelta cotilleos inventados
- Prueba las bayas con cara de experto, aunque le manchen la nariz
- Escucha la lluvia en las tapas de los tarros, para elegir la mejor
Cuando nadie lo ve, les canta a los tarros bajito para que espesen solos, y jura que el brillo del botón es lo que hace que la canela se porte de lujo.