Escúchalo narrado
0:00 / 4:48Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
Roque cometió un error de principiante: decir delante de nosotros que iba a hacer algo. Quería cruzar el río para coger unas moras. Nada del otro mundo. Pero había diez Magikitos sin ocupación y con la boca descansada. Le cayó la tarde encima, al pobre.
Había encontrado una botella de plástico entre los helechos. La recogió, le abrió un hueco por arriba y preparó un mástil con una ramita. Para las velas sacó unos retales de una camisa vieja. Le estaba quedando una barquita la mar de apañada.
«Tú y yo nos vamos a dar un paseíto, guapa», le dijo, ajustándole la vela.
Ya llegaron los entendidos
Bartolo apareció con las manos en los bolsillos y el pecho por delante. No había sujetado ni un hilo y ya estaba torciendo el gesto.
«Eso sin motor es una mierda».
«Bartolo, la otra orilla está ahí. Si estornudo fuerte, llego».
No le valió. Fue a buscar el motor de un coche teledirigido y volvió arrastrándolo, empeñado en meterlo donde Roque pensaba sentarse. Cuando le preguntamos dónde iría el pasajero, señaló el mástil. Colgado. Con sus dos cojones.
Entonces llegó Pepa. Pasó un dedo por la botella, miró la roña y puso cara de haber encontrado un cadáver.
«Yo ahí no me monto. Está sucia».
«Pues lávala, miarma. El río lo tienes al lado».
Se quedó ofendidísima. Ella había venido a señalar la mierda, no a quitarla. Acabó lavándola Roque, mientras Bartolo le explicaba que tampoco la estaba lavando bien. Nosotros, sentaditos en una raíz, veíamos venir el calentón.
Celso apareció con dos hojas enormes debajo del brazo. Según él, cruzar por el agua era pensar en pequeño. Había que ponerle alas. Le ató las hojas a los lados y abrió los brazos para enseñarnos cómo volaría. Se dio con una rama en la frente. Las alas quedaron aprobadas igualmente.
Roque seguía con el cordel en la mano. Cada vez que iba a hacer un nudo, alguien le quitaba la cuerda para explicarle otro mejor. Llevaba un rato sosteniendo el mismo trozo sin poder atar absolutamente nada. Ya nos miraba hasta las manos con asco.
La barca ya tenía terraza
Uno trajo una cáscara de nuez para poner un váter. Otro exigió un toldo. El del toldo tapó la vela y el de las alas pidió subir el mástil. Para compensar tanta altura, otro lumbreras apareció con una piedra de ancla. La botella se aplastó en cuanto la soltó dentro.
Ahí ya éramos diez opinando. Dos discutían el nombre y otro quería cobrar los billetes. El último en llegar se nombró capitán porque tenía un gorro azul. No sabía nadar, pero gritaba estupendamente.
Roque levantó el invento. El váter salió rodando, el toldo se le enganchó en una oreja y Bartolo pidió que no tocaran nada, que tenía el motor casi colocado. Casi colocado encima del pie de Pepa.
Nos miró uno por uno. Despacio. Dejó la botella en el suelo y se quitó las botas.
«¿Dónde vas? Todavía falta decidir quién manda».
«A tomar por culo todos. Me voy nadando».
Se tiró al agua y cruzó él solo. Nosotros seguimos en la orilla discutiendo si nadaba bien. Porque hay que ser unos plastas de categoría, y aquella tarde estábamos finísimos.
Al rato volvió con las moras, se sentó lejos del corrillo y empezó a comérselas. Bartolo se acercó, sacó una y la examinó.
«Con estas podríamos hacer mermelada».
Roque se metió las que quedaban en la boca. Todas.
«Ahora mismo no te entiendo, picha».