Hortensia
Una casa enorme, un baño prestado y una mochila que nadie quería
En el escalón del bar, donde antes estaba Fay, estaba él.
Axel salió a esperar fuera y se lo encontró sentado con las piernecillas colgando, como si llevara toda la mañana esperándole.
— Tú eras…
— Gorgorito. — Se cruzó de bracitos, ofendido hasta las orejas —. Que soy Gorgorito, hombre. Menuda memoria de pez.
— ¿Te queda un cachito de chocolate?
— Te lo comiste tú todo.
— Bah. Qué rácano. — Señaló con la cabeza hacia dentro del bar, donde la señora seguía sonándose los mocos —. ¿Y esa qué? ¿La vais a dejar ahí?
— ¿Y qué quieres que haga, tronco?
— Que se venga.
— ¿Que se venga a dónde?
— A donde vayáis, picha. ¿Qué más da?
— Pero si esa señora acaba de ponerla verde.
— Por eso se ha quedado sin cartera. — Miró hacia la barra y se rascó una oreja —. Y de nada, ¿eh? Que aquí nadie da las gracias. Y que se quite esos zapatos, que con esos zapatos no se puede vivir.
— ¿Y tú qué sabes de sus zapatos?
— Que se los he visto.
Como si con eso quedara todo explicado, se fue hacia Fay, que estaba en la acera lamiéndose una pata, y se le subió al lomo de un salto.
— ¡Arre!
Fay siguió con la pata.
— ¡Que arre, he dicho!
Fay terminó la pata, se estiró bien estirado, y cuando le dio la gana salió trotando calle abajo con el duende agarrado a dos puñados de pelo, gritando cosas.
En dos segundos ya no estaban.
La señora salió del bar con los ojos rojos y el bolso apretado contra el pecho. Eva, detrás, que le había recogido el desastre del bolso con una servilleta, dentaduras incluidas.
— ¿Qué miras? — dijo la señora —. Parece que has visto un fantasma.
— Nada.
— ¿Y Fay? — dijo Eva.
— Se ha ido por ahí abajo.
Eva miró calle abajo un segundo.
— Ya volverá, que es muy suyo.
«Aquí al lado» resultó ser una cuesta de veinte minutos, hacia donde las casas se hacían grandes y las verjas altas. La señora iba delante marcando el paso, sin resoplar, y hablaba como si le hubieran quitado un tapón.
— Yo de cría era un terremoto, ¿eh? No os penséis.
— ¿Sí?
— Un terremoto. Nosotras bajábamos al río en cuanto salíamos de la escuela. Tres kilómetros andando. Y había una poza debajo de un puente con un chorro que caía de arriba, helado, y el juego era ponerse debajo a ver quién aguantaba más. Yo salía con los labios morados.
Se rió sola.
— Y los martes, que era día de pan, mi madre dejaba un platito con algo dulce en la ventana del horno, y por la mañana no estaba. Yo preguntaba quién había sido y mi madre decía: «los de arriba». Y si yo insistía, que eran unos deslenguados, que no te doraban la píldora ni aunque te vieran llorando, que estaban siempre de guasa y que si te pinchaban era para que espabilaras. Y no se hablaba más. — Levantó un hombro —. Cosas de pueblo.
— ¿Y qué pasó? — dijo Eva.
— Que me casé con un banquero.
Lo dijo bajando la voz, como en un velatorio.
— Un hombre muy serio. Muy de tenerlo todo. Que no se reía nunca, ¿eh? Nunca. Y poquito a poco te va quitando las ganas de reírte a ti también. Como una gotera. — Negó con la cabeza —. Menuda tontería de vida.
Y llegaron.
La casa era enorme, de las de verja y timbre con cámara. Impecable. Y muerta: las persianas bajadas, ni una luz, ni un ruido. Y un jardín que era todo césped, raso, verde y perfecto, sin una sola flor.
— Pues esta es. — Sacó las llaves —. Pasad, que aquí sobra de todo.
— Oye — dijo Axel, ya cruzando el césped —. ¿Puedo usar el baño? Que tengo que hacer una cosita.
Eva no tardó ni medio segundo.
— ¿Una cosita grande o una cosita pequeña?
Axel se dobló de la risa en mitad del jardín.
La señora, con la llave en la mano, soltó una carcajada de las de barriga. Una que seguramente llevaba años sin salir de ninguna parte.
— ¡Venga, dale caña! — le dijo a Axel, señalándole la puerta.
A Eva se le quedó la sonrisa a medio hacer. Un segundo nada más. Luego le volvió entera.
El baño era más grande que el piso de Axel. Toallas dobladas en tres. Un jabón que olía a hotel caro. Axel se lavó las manos y se las dejó debajo del chorro hasta que le quemaron.
Cuando salió, Eva estaba de pie en el recibidor con las manos a la espalda, sin tocar nada.
La señora venía por el pasillo con una mochila en la mano. Pequeña, azul, de tela, con las correas tiesas de no haberse usado nunca.
— Toma, hija.
— Ya tengo una.
— Eso no es una mochila, criatura. Eso es una bolsa con tirantes. — Le señaló la cremallera atada con el cordón de zapato —. Un día se te abre por abajo y vas recogiendo tus cosas por una cuneta.
— No se me ha abierto en año y medio.
— Pues por eso. Que ya le toca.
Se la puso en las manos y se dio la vuelta.
Eva se quedó con la mochila azul cogida con dos dedos, lejos del cuerpo, como si quemara.
— Y espera, que te traigo unos zapatos. Tengo un montón. Del cuarenta, pero con dos calcetines…
— No.
Le salió seco. Más seco de lo que ella quería.
— Gracias. Pero no.
La señora le miró los pies descalzos encima de aquel suelo brillante y no insistió.
Comieron los tres en una cocina donde todo estaba a la vista y nada se usaba.
— Los platos son de mi suegra — dijo la señora, sirviendo —. Toda la vajilla. Llevo media vida comiendo en la vajilla de una muerta.
Eva se duchó veinte minutos y salió con el pelo chorreando y sin decir una palabra. Luego salieron al jardín, al sol, al césped de mentira.
Y a Axel le salió sin pensarlo.
— Oye. La casa no se va a ir a ningún sitio, ¿no? Vente tú con nosotros.
La señora se quedó con la llave a medio meter en el bolso.
— ¿Cómo?
— Que te vengas. No vamos a ningún sitio en concreto. Pero vamos.
— Yo me fui así — dijo Eva, bajito, mirándose los pies —. Sin nada. Es lo mejor que he hecho en mi vida.
— Pero… a mis años. ¿Adónde? ¿Con qué?
— Con lo puesto — dijo Axel —. Como cuando bajabas al río.
Se hizo un silencio.
La señora miró a Axel. Luego se miró los zapatos. Unos de medio tacón, de charol, de los de no pisar el césped.
— Dadme cinco minutos.
— Tranquila, mujer, que no hay prisa.
— ¡Que me deis cinco minutos, he dicho!
Y subió los escalones con más brío del que le tocaba por edad.
Tardó cuarenta. Salió con unas zapatillas de deporte, una mochila gemela de la de Eva, el pelo recogido de cualquier manera y una cara de veinte años metida dentro de la suya. En el bolsillo de la rebeca le pesaba algo que hacía clinc al andar, y por encima asomaba el pico de un sobre marrón. No dijo qué era.
Cerró la verja. Se quedó un segundo con la mano en el hierro. La soltó.
— Ya está. Ah, y mirad qué tontería.
Sacó una cartera de piel.
— La había perdido y llevaba toda la mañana muerta de los nervios. ¿Y sabéis dónde estaba? ¡En el frigorífico! Entre el queso y la mantequilla. Yo ya empiezo a perder la cabeza, hijos.
Axel y Eva se miraron.
Y aguantaron. Con una dignidad tremenda.
— Por cierto — dijo Axel, cuesta abajo —. Llevamos media mañana juntos y no sé ni cómo te llamas.
— Hortensia Rebollo. — Torció el gesto —. Hortensia como la flor y Rebollo como el árbol. Mi padre decía que salí de un vivero.
Miró calle abajo, hacia donde no había ido nunca.
— Bueno, ¿qué? ¿Por dónde se va a esa aventura?
Echó a andar antes de que nadie contestara, con la mochila nueva dando botes en la espalda.
Fay salió de una esquina sin duende encima, con cara de no haber hecho nada en su vida, y se le puso delante.