Queso de cabra

Resulta que Hortensia andaba más rápido que ellos dos juntos.

Iba delante por una carretera secundaria, marcando el paso y contando cosas. Y contaba de miedo. Esa fue la sorpresa.

— Yo me caí a un pilón el día de mi comunión — dijo sin que nadie le preguntara —. Con el vestido, los guantes, la corona, todo. Bueno, caerme no. Me empujó mi hermano, porque yo había dicho delante de tres primas que su corona era de papel de la carnicería. Que era verdad. Y a mí me metieron en el pilón y a él no le dijeron nada, porque llevaba pantalón corto y eso se seca.

Axel se estaba partiendo.

— Y había ranas, ¿eh? Y verdín. Y me sentaron en un banco a secarme como a un pescado, y desde el banco vi la comunión entera de los demás. — Levantó la barbilla —. Y me lo pasé mejor que ellos.

El sol empezaba a caer.

— Habría que ir pensando dónde paramos — dijo Axel.

Un poco más adelante apareció el sitio perfecto. Una explanada al lado del río, con árboles gordos, tres mesas de piedra y unas barbacoas de ladrillo negras por dentro.

Y un cartel.

PROHIBIDO ACAMPAR Y HACER FUEGO FUERA DE LAS ZONAS HABILITADAS

— Bueno — dijo Axel —. Pues buscamos otra cosa.

— ¿El qué? — Hortensia ya estaba dentro.

— Que pone que no se puede.

— Pone que no se puede acampar. Nosotros no vamos a acampar, hijo, vamos a dormir. — Soltó la mochila en una mesa de piedra —. Y la barbacoa está habilitada. Lo pone ahí. Habilitada.

Eva se había quedado en la gravilla del borde, sin pisar la hierba.

— Yo no lo haría.

— ¿Por qué no, mujer?

— Porque viene alguien y ya está.

— ¿Quién va a venir aquí? — Hortensia se rió —. Lo peor que te puede pasar en un sitio así es que salga un jabalí. Y a los jabalíes el cartel les da igual.

Axel se lo pensó dos segundos. Él, que llegaba a todos los sitios con quince minutos de sobra. Que llevaba una noche durmiendo donde le daba la gana y ya se sentía un aventurero.

— Va, Eva, que no pasa na.

Y entró.

Eva se quedó un momento más en la gravilla. Luego entró también.

Hortensia había pasado por la tienda del pueblo y había comprado sin mirar el precio: cuatro filetes gordos, pan del día, tomates, una cabeza de ajos y tres botes de salsa distintos.

— ¿Tres? — dijo Axel.

— Es que no sabía cuál os gustaba.

Y una cafetera. Una cafetera italiana de aluminio, de las de tres tazas, todavía con la pegatina del precio.

— ¿Y esto?

— Esto es lo primero que he cogido. — Muy seria —. Lo demás ya veremos. Pero sin café yo no salgo de casa.

— Pesa — dijo Axel, y ya la estaba metiendo en el bolsillo de arriba de su mochila.

Encendió la barbacoa con dos hojas de periódico y le salió a la primera. Luego se le fue la olla con los filetes. Machacó los ajos con el culo de un vaso porque no había mortero. Tostó el pan en la parrilla para que cogiera la grasa. Le pedía a Hortensia esto y lo otro como si estuviera en una cocina de verdad.

— Oye, tú de esto sabes — dijo ella.

— Qué va. Lo hago de oído.

Comieron con las manos en la mesa de piedra, con el río sonando detrás y ya de noche. Fay se cepilló un filete entero él solito.

Y en algún momento Eva se olvidó del cartel.

Se puso a canturrear con la boca llena, bajito, mirando el fuego. Axel estaba de espaldas, agachado en la barbacoa, peleándose con una brasa.

Hortensia dejó de masticar. Miró a Eva. Miró la espalda de Axel. Volvió a mirar a Eva.

Siguió masticando muy despacito, con la boca pequeña, como una señora que se acaba de enterar de algo en misa.

La tienda era de dos. Buena, ligera, comprada para uno.

— Yo duermo fuera — dijo Eva —. Tengo mi plástico.

— Aquí no duerme nadie debajo de un plástico habiendo tienda — dijo Hortensia. Y se acabó la conversación.

Cabían. Cabían de una manera muy concreta: los tres de lado como sardinas, Hortensia en el medio porque era la más flaca, y Fay encima de las piernas de quien le diera la gana.

Hortensia hizo una almohada con la rebeca, doblada con el bolsillo hacia dentro, y la aplastó dos veces con la mano.

— Esto es una indecencia — dijo, encantada de la vida.

Lo que no cabía era la mochila de Axel. La empujó, la giró, la puso de pie, la puso tumbada. Nada.

— Déjala fuera, hombre.

— ¿Y si llueve?

— Pues se moja. Ponla debajo de la mesa y andando.

Axel salió, la metió debajo de la mesa de piedra, le echó el chubasquero por encima y volvió a entrar.

Vio una cosa que no entendió. Eva había metido su mochila de colegio dentro de la azul, doblada, con el cordón y todo, y había cerrado la cremallera por encima.

Se tumbaron. Se hizo el silencio.

Y entonces.

— Madre del amor hermoso — dijo Hortensia —. ¿Qué es eso?

— No sé de qué me hablas — dijo Axel.

— Que huele a queso muerto, hijo mío.

— Son sus pies — dijo Eva, muy tranquila, como quien da el parte del tiempo —. Le apestan una barbaridad.

— Que no me apestan, malaje.

— Te apestan que no veas.

— Es que la tienda está cerrada.

— La tienda huele a tienda. Tú hueles a otra cosa.

— A queso — dijo Hortensia.

— A queso de cabra — dijo Eva —. De los de la corteza blanca.

— ¡Que no es queso!

— Ay, criatura, si no es nada malo. — Hortensia se reía tanto que se movía la tienda entera —. Mi padre tenía los pies igual y en la mili le llamaban el Curado. ¡Pero abre esa cremallera, por lo que más quieras!

Axel abrió un palmo, refunfuñando. Entró el frío y el ruido del río.

— ¿Eva? — dijo Hortensia al rato.

— Qué.

— ¿Tú roncas?

— Muchísimo.

— Ah, bueno. Entonces estamos en paz.

— ¿En paz quién? — dijo Axel —. Que aquí el único que no va a pegar ojo soy yo.

Los ronquidos empezaron a los diez minutos, a dos voces, y eran espectaculares. Pero a Axel no le dejó dormir el cartel. Estuvo mirando el techo de la tienda, pensando en multas. En la cara de Eva en la gravilla. En que él había dicho «que no pasa na» sin tener ni idea.

Se durmió tarde.

Y a las seis y pico de la mañana le despertó una puerta de coche.

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Un segundo: confírmanos que eres una persona