En el bosque de Taramundi tenemos una teoría: si un humano ve una pared lisa, le entra un picorcillo existencial y acaba escribiendo algo. Pues en Pompeya, hace casi 2.000 años, ya iban igual de sueltos de muñeca. Solo que en vez de “te llamo luego” ponían cosas con más toga, más drama y probablemente más olor a aceite de oliva.
La movida es preciosa: han conseguido descifrar casi 300 grafitis en un corredor de Pompeya. Sí, sí: un pasillo que llevaba siglos haciendo de “paso rápido” para turistas, arqueólogos y despistados, mientras las paredes estaban ahí, calladitas, guardando los cotilleos como un gato callejero guardando secretos. Y ya sabéis: los gatos no sueltan prenda… hasta que llega la tecnología y les hace cosquillas.
Un pasillo que era un chat, pero con polvo romano
Según ha contado el parque arqueológico, el hallazgo está en una zona que conectaba los teatros con la vía Stabiana. Esto viene a ser un “corredor de paso” por el que han transitado millones de personas durante más de dos siglos sin sospechar lo que había allí. Nosotros lo entendemos: en las ciudades la gente va con prisa y mirada de semáforo en rojo permanente. En el bosque, en cambio, tú ves un muro y lo tocas: a ver si es rugoso, a ver qué historia te cuenta.
El proyecto que ha puesto orden en este festival de mensajes se llama Bruits de couloir (que significa algo así como “voces de pasillo”, y nos parece un nombre tan bueno que dan ganas de ponérselo a una banda de erizos punk). Han identificado casi 300 inscripciones: de ellas, 200 ya se conocían y 79 son inéditas. O sea: han aparecido nuevos mensajes que llevaban escondidos más tiempo que una tapa de tupper que no encaja con nada.
El director del parque, Gabriel Zuchtriegel, lo ha explicado con una comparación que nos encanta porque es exactamente lo que pensamos nosotros cuando escuchamos conversaciones al azar: ese lugar funcionaba como un tablón de anuncios, “como una red social o un chat”. Allí la gente dejaba mensajes, historias, saludos, insultos y también dibujos, incluyendo gladiadores y barcos. Vamos, que no era solo “te quiero, Marcia”, también era “menudo paquete eres luchando” o “mira qué barco me ha quedado” como si una urraca hubiera robado un brillo y quisiera presumirlo.
De hecho, el parque lo describe como una bitácora de la vida romana. Y esto nos pone tiernos, pero tiernos de verdad: porque al final, da igual que estés en el 79 d.C. o en 2026, la gente sigue siendo gente. Cambia el peinado, cambia la sandalia, pero el impulso de contar la vida —con amoríos, piques y chistes— es más resistente que una encina cabezona.
La tecnología como linterna para ver lo invisible
Lo más flipante es cómo lo han leído. Porque no es que alguien haya soplado el polvo y de repente se haya visto todo como una pizarra recién limpiada. Han usado herramientas tecnológicas de estas que suenan a hechicería moderna (pero sin caldero): por ejemplo, el RTI (Reflectance Transformation Imaging), que es una técnica de fotografía computacional para sacar a la luz detalles que el ojo humano no pilla. Como cuando intentamos ver una luciérnaga en la oscuridad total: tú juras que no hay nada… y de pronto parpadea y dices “ah, amiga”.
Además, han trabajado con modelos digitales y con una plataforma 3D que integra imágenes, datos epigráficos (o sea, lo que está escrito, pero en plan académico) y metadatos (información sobre la información, como cuando guardas una receta y apuntas “esto salió increíble, repetir cuando llueva”). Zuchtriegel ha rematado con una frase bastante seria, pero muy de guardar en una taza desportillada: “El futuro de la memoria depende de la tecnología”.
Y ojo, que en Pompeya ya se conservan más de 10.000 inscripciones. Esto es como si el pueblo entero hubiera estado años dejando notas en la nevera. Lo que pasa es que esta vez, al estar en un corredor concreto, el conjunto tiene un valor especial: es un lugar donde la gente pasaba, esperaba, charlaba… y se le iba la mano con el punzón, la pintura o lo que usaran para dejar su “aquí estuve yo” versión romana.
También han explicado que está previsto cubrir el corredor para proteger los muros y que, en el futuro, quieren permitir una experiencia de visita con realidad virtual. O sea, que quizá algún día te plantas allí con unas gafas y puedes “pasear” por el pasillo como si fueras un romano camino del teatro, leyendo comentarios de la época sin que te caiga ceniza del Vesubio (que ya bastante tenemos con los lunes, que son ceniza emocional).
Este trabajo, además, ha sido un esfuerzo internacional impulsado por la Universidad de la Sorbona (Francia) y la Universidad del Quebec en Montreal (Canadá), en coordinación con el parque arqueológico. Entre 2022 y 2025 han combinado epigrafía, arqueología, filología y humanidades digitales para reinterpretar los hallazgos. Nosotros lo resumimos así: gente muy lista, de muchos sitios, juntándose para escuchar a unas paredes antiguas. Y eso, sinceramente, mola un huevo.
Porque al final, estos grafitis nos recuerdan una cosa que aquí en el bosque tenemos clarísima: la vida siempre deja rastro. A veces es un rastro plateado de caracol, a veces es una hierba saliendo de una grieta en la acera… y a veces es un insulto romano en un pasillo que ha sobrevivido siglos. La historia, como los gatos, desaparece cuando la llamas… pero siempre vuelve cuando menos te lo esperas.