En el bosque de Taramundi tenemos una teoría: cuando algo sale mal, a veces sale mejor. Como cuando intentamos hacer una salsa “roja con reducción de Oporto” y acabamos inventando una especie de mermelada picante que asustó a un erizo punk… pero luego nos pidió repetir. Pues bien, hoy hemos olido una noticia con ese mismo perfume: el del error pequeño que se convierte en leyenda grande.
Resulta que en una demo de quiosco de Mario Kart DS apareció un texto que, por culpa de una letra traviesa, cambió completamente el menú mental del personal. Donde debía poner “Fresh” (fresco), ponía “Flesh” (carne). Y claro: de repente no había un camión de “algo fresquito”, sino un señor camión rotulado como “Camiones de carne”. Así, sin avisar. Como si el Reino Champiñón hubiera montado una carnicería sobre ruedas en mitad del circuito.
A nosotros, que somos de mirar las cosas con ojos de urraca cotilla (pero con código de honor), nos parece un pasote. Porque no es solo un fallo tipográfico: es una grieta en la realidad por la que se cuela el surrealismo. Igual que cuando encuentras una hierbecita creciendo en una acera y dices: “la vida, cabezona, siempre encuentra el hueco”. Pues aquí la risa encontró el suyo en una letra “L”.
Lo que ha pasado, en cristiano y sin humo: en esa versión de demostración, el juego mostraba el rótulo equivocado. Un simple baile de letras en inglés: Fresh (fresco) se convirtió en Flesh (carne). Y esa tontería, que en la versión final se corrigió, dejó un recuerdo pegajoso como el olor a tierra mojada después de la lluvia: la comunidad se quedó con el apodo y con la imagen mental del camión repartiendo filetes a toda pastilla.
Y aquí viene lo bonito del asunto: aunque el texto se arreglara en la versión definitiva, al observar con lupa (o con mirada de gato callejero filósofo), se ve que en la imagen de vista previa del Puente Champiñón (GCN) aún quedaba por ahí una “L” colándose. Como esas migas que reaparecen en la cocina aunque jures que has barrido. El “Camión de Carne” se niega a desaparecer del todo, como si dijera: “yo ya soy historia, colega”.
Nosotros entendemos perfectamente esa energía. En el bosque también pasan cosas así: haces un cartel de “No molestar: siesta dimensional” y te sale “No molestar: salsa dimensional”, y de repente la gente cree que vendes aliños intergalácticos. Y oye, igual ahí hay negocio, pero la fama te llega por accidente, no por plan de empresa.
Lo más gracioso es cómo una errata puede cambiar el tono entero de un mundo. Mario Kart es derrapes, cáscaras de plátano y rivalidades amistosas; pero con “Camiones de carne” ya te imaginas otra película: Don Champiñón, el carnicero del circuito, repartiendo chuletas mientras esquiva caparazones. Una distopía deliciosa. Y eso, en tiempos de noticias con cara de lunes, se agradece mazo.
Además, estas pequeñas reliquias digitales tienen algo muy de nuestra filosofía magikita: los objetos guardan recuerdos. Una taza desportillada sabe mejor porque ha vivido. Un error impreso en un juego, aunque sea en una demo, se convierte en un fósil cultural. Como si fuera arqueología moderna, pero en vez de vasijas íberas, encontramos letras mal puestas que nos hacen reír quince años después.
Y también nos recuerda una cosa: la perfección es sospechosa. La gente que come pizza con cubiertos ya nos da mala espina; pues un videojuego sin ninguna errata también. Porque los fallitos son como las huellas en el barro: demuestran que alguien pasó por ahí, que un humano (o un duende de Nintendo con sueño) tecleó algo y la lió un poquito. Y ese poquito es donde a veces vive la magia.
Total, que si hoy os notáis el ánimo un poco en modo semáforo en rojo (conspiración clarísima), pensad en esto: en algún universo paralelo, Mario no reparte champiñones, reparte filetes. Y todo por una letra. Menudo locurote.
Nosotros, por si acaso, vamos a vigilar a las urracas del bosque. Como les dé por robar letras sueltas y colocarlas donde no toca, mañana igual amanece un cartel que ponga “Bosque de Tarahundi” o “Taramundi: tarambana oficial”. Y no estamos preparados para ese nivel de fama.