Este duende viejito lleva tantos años cruzando bosques que ya prefiere ir de rodillas, pegadito al suelo, porque dice que ahí se oyen mejor los susurros de las raíces. Su pelo gris parece musgo viejo y el champiñón rojo que carga a la espalda es casi más grande que él, pero ni se queja. Asegura que cada paso lento es una historia nueva pegándosele a los pies.
Cuando nadie mira, se sienta a descansar sobre piedras calentitas y se queda embobado observando cómo las hormigas construyen cosas imposibles. Le flipa el brillo de la resina en los pinos y el olor a tierra mojada después de lluvia. Si lo pillas desprevenido, igual lo oyes renegar del despertador humano y defender que las calles empedradas son mucho más auténticas.
- Se alimenta casi solo de pan con aceite y trocitos de champiñón “de prueba”.
- Murmura perdón cada vez que roza una puerta, una pata de silla o una maceta.
- Dice que las telarañas con rocío son los tapices de los verdaderos artistas.
- Se orienta siguiendo el sonido imaginario de cascos de caballo en empedrados antiguos.
No protege nada épico ni organiza grandes batallas, solo acompaña. Se queda cerca cuando la cabeza te pesa, recordándote con su presencia tranquila que la vida también va de caminar lento, doblar un poco la espalda y seguir, aunque el champiñón parezca demasiado grande para tu día.
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Porteador de Setas Olvidadas
Este duende viejito va siempre agachado, casi de rodillas, porque dice que así escucha mejor los secretos del suelo. Lleva un champiñón rojo enorme a la espalda como quien carga recuerdos antiguos. Murmura disculpas a las mesas cuando se golpea y defiende a muerte que el pan con aceite cura más que cualquier pastilla triste.
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