Tornillín en el armario imposible.
Don Ricardo dejó caer las enormes cajas del nuevo armario en medio del salón y se cruzó de brazos. El mueble venía desmontado en 10 paquetes distintos, acompañado por dos mamotretos de instrucciones tan gruesos que parecían novelas. Su esposa le propuso llamar a su hermano para echarle una mano, pero él soltó una risita orgullosa: «No necesito ayuda para montar un simple armario»; y cerró la puerta del salón dispuesto a demostrarlo.
Las primeras horas fueron bien, o eso creyó él. Sin embargo, poco a poco empezaron a aparecer problemas extraños. Una tabla parecía sobrar; luego sobraban dos. Después aparecieron 20 tornillos sin dueño. Más tarde descubrió una puerta montada al revés. Cuando intentó corregirlo, otra pieza se cayó con un ruido espantoso.
Al caer la tarde, el salón parecía el escenario de una batalla entre un armario y una ferretería. Había tuercas bajo el sofá, bisagras encima de los cojines y arandelas escondidas en rincones imposibles. En medio de todo aquel desastre se alzaba un armario gigantesco, inclinado hacia un lado como si estuviera mareado.
Y entonces don Ricardo cometió el error definitivo. «Al menos voy a comprobar cuánto espacio tiene dentro». Entró en el armario. La puerta se cerró. Una balda cayó detrás de él. Y, de repente, se encontró atrapado en el interior de su propia creación. «¡Hola!». Nadie respondió. «¡Holaaa!».
Muy cerca, encima de una lámpara, dos criaturas diminutas estaban a punto de explotar de la risa. Una era Tornillín, un duende con un chaleco cosido con cintas métricas viejas y botones hechos de cabezas de tornillo. La otra era su Animagikito, una ardilla llamada Tuercota, que rodaba de un lado a otro sujetándose la barriga. «¡No puedo más! —jadeó Tornillín entre carcajadas—. ¡Se ha quedado atrapado dentro del armario que estaba montando!».
Pero entonces el duende sintió algo escondido bajo tanto orgullo. Don Ricardo estaba avergonzado, muy avergonzado. «¡Ay, bueno! —dijo Tornillín—. Creo que ya ha aprendido suficiente». Sacó una diminuta llave fabricada con una horquilla doblada y la agitó en el aire.
«¡Tic!». De inmediato, las 300 tuercas sobrantes empezaron a vibrar. «¡Clinc! ¡Clanc! ¡Clinc!». Tornillos, bisagras y arandelas salieron disparados por el salón como una banda metálica. Cada pieza encontró su sitio. Las tablas se enderezaron, las puertas se encajaron y los estantes se alinearon perfectamente. Un instante después, el armario quedó impecable.
La puerta se abrió y don Ricardo salió despeinado, lleno de polvo y con la dignidad bastante arrugada. Justo entonces apareció su esposa.
—¿Qué tal va el montaje?
Don Ricardo observó el armario perfecto, vio el caos que aún quedaba alrededor y, finalmente, sonrió. «La próxima vez, mejor lo hacemos juntos».
Desde la lámpara, Tornillín y Tuercota chocaron sus manos y patas antes de desaparecer sin que nadie los viera. Porque algunos armarios se montan con tornillos, pero las mejores siempre llevan unas cuantas personas ayudando a sostener las tablas y ayudando con un corazón orgulloso.