Salserín en la cena imposible.
No puede ser tan difícil. Lucas observó la receta por quinta vez mientras movía una salsa de tomate que burbujeaba suavemente en la cocina. Aquella noche era muy importante, muy importante. Había invitado a cenar a Sofía.
Sofía tenía una sonrisa que le revolvía las ideas y una forma de reírse que hacía parecer más cortos los días largos. Lucas quería impresionarla, no con flores ni con discursos, con una cena espectacular. Una cena digna de un chef famoso. O, al menos, esa era la idea.
El problema era que los nervios estaban cocinando más que él. Primero confundió el azúcar con la sal. Luego tiró la cuchara al cubo de basura y la cáscara de cebolla dentro de la olla. Después intentó probar la salsa y se quemó la lengua. «Todo está bajo control», mintió a una cocina que ya empezaba a parecer preocupada.
En una esquina, escondido detrás de un libro de recetas, alguien observaba el desastre. Era Salserín, un Magikito duende con un delantal confeccionado con servilletas recicladas y un gorro hecho con filtros de café usados. Sentía las emociones humanas igual que otros sienten el calor de una estufa. Y los nervios de Lucas estaban llenando la habitación como una nube de vapor.
«Este muchacho no necesita una receta —murmuró—. Necesita respirar».
Pero llegó demasiado tarde. La salsa empezó a quemarse. Lucas la removió desesperadamente. La olla soltó un gruñido sospechoso y, entonces, ¡pah! Una burbuja gigantesca explotó. Un chorro de tomate salió disparado hacia arriba. ¡Splash! El techo quedó decorado con una enorme mancha roja que parecía el mapa de una isla desconocida.
Lucas se quedó inmóvil. La cuchara cayó al suelo. En ese preciso instante sonó el timbre. ¡No, no, no! Salserín tuvo que taparse la boca para no estallar de risa. Entonces sacó de su bolsillo una diminuta espátula de madera y lanzó un puñado de migas mágicas. ¡Flick, flack, bling! Las manchas de tomate comenzaron a deslizarse por el techo como pequeñas gotas bailarinas. Bajaron por las paredes, saltaron sobre la encimera y terminaron formando una salsa nueva, brillante y aromática. La cocina volvió a quedar impecable.
Lucas abrió la puerta. Sofía entró sonriendo.
—Huele muy bien.
—¿Sí? —preguntó el sorprendido.
—Sí, pero la verdad es que me gusta más que estés nervioso.Lucas parpadeó.—¿Cómo?—Porque significa que te importaba que viniera.
Y, de repente, dejó de preocuparse por parecer un chef perfecto. La cena no salió exactamente como la receta prometía. Algunas verduras estaban demasiado tostadas y la presentación era bastante discutible. Pero hablaron, rieron y compartieron historias durante horas.
Desde lo alto de una lámpara, Salserín contempló la escena satisfecho antes de desaparecer. Porque, a veces, la mejor receta no lleva la perfección. Lleva una pizca de sinceridad, unas cuantas risas y la valentía de seguir adelante, incluso cuando has manchado el techo de tomate.