El cuento de hoy se llama Namastina en la clase de yoga.

Aquel día, el estudio de yoga Aires de Taramundi brillaba con esa bonita luz anaranjada que entra por las ventanas durante el atardecer. El suelo de madera olía a cera recién pulida; las plantitas colgaban en macetas de colores y la gente se acomodaba a las esterillas con ganas de disfrutar de una buena sesión de yoga.

Todo estaba tranquilo hasta que la puerta se abrió de golpe y apareció Rufina con su malla fosforita y su coleta, que se mecía de un lado a otro como un látigo revoltoso. «Hoy vamos a sudar bastante», dijo, sacudiendo su coleta con orgullo. «Quiero que os torsionéis como tornillos recién fabricados, que si no, esto es para nada».

Las sonrisas se aflojaron; un murmullo tembloroso recorrió la sala. «Uf, qué estimulante», susurró Marta a su amiga Eva, sintiendo que el entusiasmo que había traído se esfumaba sin poder remediarlo. Rufina alzó la ceja derecha y lanzó por la sala una mirada de dron de vigilancia. «Quiero un silencio superzen; si habláis, se descuadra mi universo».

Al fondo, entre las hojas de un frondoso poto, se ocultaba Namastina, una Magikito que caminaba descalza y llevaba consigo una flauta hecha con las cañitas de los refrescos que la gente tiraba a la basura. Su radar para el mal rollo captó la tensión de los alumnos. El ambiente parecía un elástico estirado a punto de romperse.

Rufina habló con voz chillona. «Hacemos la postura del loro compresor extremo: pierna al hombro, codo a la oreja y mirada al infinito. Ahora». Los alumnos obedecieron en la medida de lo posible. Carlos crujió como una escalera de madera vieja. «Pues esto no suena muy zen», gimió. «Eso es tu columna despertando, campeón», soltó Rufina. «Y aprieta bien el culito, o se te escapan los fantasmas».

Era el momento perfecto. Namastina sacó su flauta artesana y sopló con suavidad. Un pedo musical rebotó contra la pared como un globo deshinchándose. Dos alumnas se taparon la boca para no reír. «¿Quién ha soltado ese ruido de patata cocida?», gruñó Rufina. «Aquí se viene a ajustar las energías del universo, no se viene a hacer el tonto».

«Creo que ha sido la esterilla», murmuró Julia, roja como un tomate. Namastina observaba la situación con mirada traviesa. Sopló otra vez cuando todos estaban en absoluto silencio. Un pedo alargado y melódico flotó por el estudio. Las risas empezaron a multiplicarse, aunque todavía bajitas.

«Concéntrate, Roberto», ladró Rufina desde su esterilla. «Si me concentro más, exploto», respondió él sin poder aguantar la risa. Eva inclinó la cabeza hacia Marta. «Oye, eso se está poniendo divertido. A ver si la profe suelta uno y con eso se relaja un poco», contestó Marta.

Rufina seguía haciendo cosas cada vez más difíciles y extrañas, sin importarle que los demás no estaban ni disfrutando de la clase ni sintiendo los beneficios del yoga. Había llegado el momento de lucir su postura más complicada. «Ahora vamos con la postura del aguacate volador con dedo meñique en posición de feto». «Observad a la maestra y repetidlo, si podéis».

Se puso boca abajo, enroscó la pierna detrás del cuello y apretó el abdomen. La siguió un silencio reverencial, luego tres segundos eternos y… un pedo de nivel 6 retumbó cual tambor de carnaval. Las ventanas vibraron, haciendo bailar las hojas de las plantas, y la sala entera rompió en carcajadas tan intensas que ya no se pudieron ocultar.

Rufina aterrizó de culo, ojiplática. Silencio absoluto. Nadie quiso llamar la atención, así que todos siguieron a lo suyo, adoptando cada uno la posición que más le pedía el cuerpo. Rufina, mirando al techo, exhaló y habló con voz tranquila por primera vez: «Vaya, toda mi vida presumiendo de posturas difíciles, y resulta que la gracia estaba en relajarse».

La respuesta fue un relajado silencio de todos los allí presentes. Pulmones felices, músculos desestresados, ojos medio cerrados. Namastina sopló un tintineo casi inaudible y se escabulló entre las hojas del poto.

A la mañana siguiente, un cartel nuevo colgaba en la puerta: «Respira, relájate y suelta». Las clases dejaron de parecer un concurso de contorsionismo humano; ahora eran un club de gente que estiraba el estrés, la vergüenza y, cuando hacía falta, algún pedito bien afinado.

Rufina, con la coleta menos tirante y un brillo nuevo en los ojos, guiaba con una voz que sonaba a abrazo. «Estiramos bien la espalda, cada uno hasta donde llegue, sin forzar demasiado». Y, desde su escondite vegetal, Namastina seguía saliéndose con la suya con su flauta artesana, porque el yoga, como la vida, va de respirar, de relajarse y de soltarlo todo.

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