Vestidulce y Lola en el armario de los bostezos.

Lola tenía un problema enorme para alguien tan pequeña. Frente a su cama había una montaña de ropa: un pañuelo de flores, un abrigo amarillo, un jersey con nubecitas, una capa de lunares y una chaquetita roja que le quedaba especialmente bien. Sin embargo, aquella mañana no lograba decidirse.

«¿Y si el amarillo es demasiado amarillo?», pensó, y se lo quitó. «¿Y si las flores son demasiado floreadas?», también fuera. «¿Y si la roja parece demasiado roja?», fuera otra vez. Lola era una perrita preciosa, de orejas suaves y ojos brillantes como caramelos de miel. Pero, cuanto más ropa probaba, más confundida se sentía.

El suelo acabó cubierto de prendas. La cama desapareció bajo los pañuelos y una silla quedó enterrada bajo un pequeño volcán de jerséis. Desde el armario, alguien observaba la escena.

Era Vestidulce, una hada con un impermeable hecho de etiquetas de ropa recicladas y una corona formada por diminutos botones de colores. A su lado descansaba su Animagikito, una mariposa llamada Retalina, cuyas alas parecían estar cosidas con trocitos de tela diferentes.

—Creo que Lola ha olvidado algo importante —susurró Vestidulce.

Retalina revoloteó de acuerdo. Vestidulce podía sentir las emociones como quien escucha música a través de una pared. Y, bajo todas aquellas dudas, encontró lo que realmente preocupaba a Lola. No era la ropa. Era el miedo a no gustar, a no verse perfecta, a equivocarse.

—Pobrecita —dijo Vestidulce—, vamos a ayudarla.

El hada agitó una aguja diminuta hecha con una espina de rosal. De pronto, toda la ropa del cuarto comenzó a moverse. Los pañuelos se sacudieron, los jerséis dieron pequeños saltitos. Las chaquetas se acomodaron solas. Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Cada prenda empezó a mostrar imágenes brillantes sobre su tela. En el abrigo amarillo apareció Lola jugando feliz en el parque. En el jersey azul apareció durmiendo una siesta junto a su familia. En la capa de lunares apareció corriendo detrás de una pelota.

Lola abrió mucho los ojos. Todas aquellas prendas guardaban recuerdos felices. Ninguna era mejor que otra. Todas habían formado parte de momentos especiales. Y, de repente, comprendió algo: no necesitaba encontrar la ropa perfecta, solo elegir la que le hiciera sentir cómoda y contenta.

Después de pensarlo por un momento, escogió la chaquetita roja. No porque fuera la más elegante, sino porque era su favorita. Se miró en el espejo, movió la cola y sonrió.

Desde el armario, Vestidulce y Retalina observaron satisfechas cómo la perrita salía feliz de la habitación.

Porque la ropa puede decorar el exterior, pero la alegría es lo que de verdad hace brillar a quien la lleva puesta.

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