Las abejas de cristal. El aire en el mercado de artesanías de San Juan olía a parafina derretida, madera vieja y a la frustración de un sábado por la tarde donde nadie gastaba un solo peso. Las luces parpadeaban con un zumbido sordo y el suelo de cemento reflejaba las caras largas de los comerciantes.

Allí estaba Jorge, un hombre de hombros caídos y manos ásperas, limpiando por décima vez el mismo estante de vidrio. En su local solo había figuras de cristal soplado: cisnes perfectos, manzanas transparentes y jarrones tan simétricos que daban frío. Jorge ya no miraba las piezas con orgullo; las miraba con la urgencia del que debe la renta. Había olvidado el brillo del fuego al moldear el vidrio y solo veía números rojos.

Cuando una familia se acercó a mirar, Jorge masculló: «No toquen, que se rompe». Tan seco que los clientes se alejaron de inmediato. Escondido entre un montón de plástico de burbujas, en la esquina más alta de la repisa, se estiró Vidriolín. Él era un duende Magikito que medía apenas 20 centímetros. A su lado estaba Runrun, un ratón de campo con un parche en el ojo hecho con una lentejuela dorada. Como buen Animagikito, entendía que el arte sin juego es solo mercancía pesada.

Vidriolín sintió la amargura de Jorge como un pinchazo helado en los dedos. El artesano estaba atrapado en la rigidez de sus propias figuras perfectas. —¡Este hombre ha metido su talento en una vitrina con candado! —susurró Vidriolín a su compañero—. ¡Vamos a romper el molde!

El duende sacó de su mochila de cuero reciclado un gotero con esencia de taramundi, un líquido espeso que olía a resina y a travesura de bosque. Aprovechando que Jorge fue a buscar agua, Vidriolín se deslizó entre las figuras y dejó caer tres gotas sobre un gran tazón de cristal que Jorge usaba para las monedas sueltas. Runrun, de un salto, golpeó sabiamente el borde del tazón con su cola de ratón.

El sonido no fue un eco normal. El tazón empezó a vibrar y el cristal transparente comenzó a derretirse en el aire, pero sin quemar, transformándose en una masa luminosa y maleable. De esa masa líquida brotaron de golpe docenas de abejas de cristal diminutas. Las abejas no eran rígidas: agitaban sus alas translúcidas, reflejando destellos de colores por todo el local.

Empezaron a revolotear alrededor de la cabeza de Jorge justo cuando él regresaba. El artesano se quedó paralizado, con los ojos abiertos de par en par. Una de las abejas de cristal se posó en la punta de su nariz y, con un taca-taca rítmico de sus patitas invisibles, le provocó un cosquillo insoportable. Jorge estornudó y, por primera vez en meses, soltó una carcajada limpia y ruidosa que resonó en todo el pasillo.

Al reírse, el nudo que tenía en el estómago se soltó por completo. Miró sus manos, miró a las criaturas voladoras y una idea vieja y sepultada brilló en su mente. Agarró su soplete de trabajo, encendió la llama azul y, sin buscar la perfección que tanto lo obsesionaba, empezó a moldear un trozo de vidrio sobrante con movimientos libres y divertidos.

Las abejas de cristal del local salieron por todo el mercado, esparcidas en burbujas de luz. Carmen, la vendedora de textiles de enfrente, dejó caer sus hilos para ver el espectáculo y empezó a cantar una melodía vieja. Diego, el reparador de relojes, se unió al ritmo golpeando sus herramientas contra la mesa. La rigidez del mercado gris se disolvió en un segundo.

La gente comenzó a amontonarse frente al taller de Jorge, fascinada por el artesano que ahora creaba figuras extrañas, asimétricas y llenas de vida, rodeado de destellos cantarines. Desde lo alto de la viga del techo, Vidriolín se ajustó su gorro de celofán, muy satisfecho con el alboroto. Runrun soltó un chillido alegre y le dio un empujoncito con el hocico.

Era hora de marcharse, antes de que alguien notara el brillo azul en las alturas. Se escabulleron por una rendija de la pared hacia la noche fresca, listos para buscar el próximo rincón apagado. Porque, a veces, para que las cosas vuelvan a brillar, no se trata de pulirlas hasta que queden perfectas, sino de romper un poco el molde y recordar que el fuego de adentro nunca se apaga por completo si le dejas espacio para jugar.

0:00

Este cuento también aparece en

Tu cesta: 0,00 € (0 productos)