Brilla Luna y la ventana de lluvia. ¡Otra vez lluvia! Emma apoyó la nariz contra la ventana y soltó un suspiro tan, pero tan largo, que casi empañó todo el cristal. Había esperado toda la semana para jugar en el jardín con sus dos gatitos, Miel y Copito, pero aquella tarde el cielo estaba cubierto de nubes grises y la lluvia caía sin descanso.

Miel, un gatito naranja de ojos curiosos, observaba las gotas caer. Mientras tanto, Copito, blanco y esponjoso como una nube, perseguía una hoja que el viento hacía bailar al otro lado de la ventana. Pero, después de un rato, los dos también parecían aburridos.

Emma intentó leer un cuento, luego dibujar, después construir una cabaña con mantas. Nada funcionó. «Qué tarde más aburrida», murmuró. Muy cerca de allí, escondida entre las hojas de una planta del salón, alguien escuchó aquellas palabras.

Era Brilla Luna, una Magikita hada con un vestido hecho de pétalos de margarita y una pequeña corona de clips plateados. A su lado revoloteaba una mariposa Animagikito llamada Destella. Las hadas sienten las emociones igual que otros sienten el calor del sol. La tristeza de Emma había llegado hasta ellas.

«Creo que esta tarde necesita un poco de brillo», susurró Brilla Luna. Sacó una diminuta campanilla de su bolsillo. Una gota de lluvia brilló, luego otra y otra más. De pronto, cientos de gotas comenzaron a iluminarse sobre el cristal de la ventana.

Emma abrió mucho los ojos. ¿Qué está pasando? Las gotas comenzaron a unirse, formando dibujos. Primero apareció un pez brillante, luego una tortuga, después un enorme castillo con torres de agua que parecían flotar entre las nubes. ¡Mirá eso! —gritó Emma.

Los tres observaban fascinados. Los dibujos cambiaban constantemente. Un barco navegó por una ola de lluvia. Una ballena voladora cruzó el cielo. Un gato gigante hecho de gotas persiguió mariposas transparentes. Emma comenzó a inventar historias para cada figura, mientras Miel intentaba atrapar los peces con las patas y Copito perseguía las luces que se movían por el cristal.

Las risas llenaron la habitación. Pasaron los minutos, luego una hora, y nadie volvió a pensar en el aburrimiento. Cuando finalmente la lluvia empezó a detenerse, Emma sonrió. Había sido una de las tardes más divertidas de la semana.

Desde la planta del salón, Brilla Luna y Destella contemplaron la escena satisfechas antes de desaparecer. Porque a veces las mejores aventuras no ocurren fuera de casa. A veces nacen junto a una ventana, dos gatitos curiosos y una pizca de magia escondida entre las gotas de lluvia.

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