Palominos: baja ese mapa, picha

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Pompilio apareció con unos calzoncillos sujetos a un palo y anunció que había encontrado un mapa del tesoro. Llevaba un pañuelo en la cabeza, un pendiente hecho con una anilla y una confianza que daba hasta coraje. Nos cobró dos avellanas por apuntarnos a la expedición.

«Aquí está la montaña. Aquí, el río. Y por esta curva se llega al oro».

Leocadia miró la prenda desde lejos y dejó el cubo en el suelo.

«Eso es un palomino, Cristóbal Colón. Baja el mapa, que está dando el aire pa este lado».

Nosotros ya habíamos andado medio bosque siguiendo aquella curva. Pompilio dijo que era demasiado pronto para descartar nada. Tenía a Basilio cavando detrás de una ortiga y todavía le quedaban ganas de hacerse el interesante. Le quitamos el palo antes de que organizara otra visita guiada.

Al palomino no se le reza

Para quitar esas manchas conviene actuar pronto. Cuanto más se secan y más calor reciben, más guerra pueden dar. No hace falta avergonzar a nadie. Una mala tarde la tiene cualquiera. Otra cosa es cobrar entrada para enseñarla, Pompilio, hijo.

Leocadia se puso guantes, retiró los restos sólidos con papel sin restregarlos y aclaró la zona con agua fría. Lo hizo en una pila destinada a la colada. El barreño de la ensalada, quietecito en su sitio. Basilio apareció con él y lo devolvió sin que hiciera falta terminar la mirada.

Después aplicamos un detergente con enzimas, apto para aquel tejido, sobre la mancha. Respetamos la cantidad y el tiempo que indicaba el envase, sin dejar que se secara encima. Las enzimas ayudan a deshacer parte de la suciedad. Pompilio se acercó a mirar como si aquello fuera un espectáculo.

«¿Y esas enzimas dónde tienen la boca?».

«Tú vigila tus avellanas, que ahora hacemos cuentas».

Lavamos la prenda con detergente, en un ciclo completo y a la temperatura máxima que permitía su etiqueta. Sí, miramos la dichosa etiqueta antes de cortarla. Ese día nos vino bien, qué queréis que os digamos. Pompilio propuso echar varios productos a la vez para acabar antes. Ni de coña: no mezclamos limpiadores, y jamás lejía con amoniaco o vinagre. Queríamos ropa limpia, no salir de casa tosiendo.

La secadora puede esperar, picha

Antes de secar, comprobamos la mancha. Si sigue ahí, repetimos el tratamiento y el lavado que admita la prenda. La plancha y la secadora pueden fijarla con el calor. Tampoco prometemos milagros con una marca vieja que ya ha pasado veinte veces por la secadora. Si la tela está hecha polvo, toca jubilarla. No todo se arregla frotando con más mala leche.

Leocadia limpió y desinfectó la pila y los utensilios según las instrucciones de sus productos. Luego nos lavamos las manos. Pompilio seguía mirando el agua, muy serio. El río de su mapa acababa de irse por el desagüe y se le estaba poniendo difícil defender el negocio.

Leocadia atiende la colada con guantes mientras Pompilio, disfrazado de explorador, cuenta avellanas y Basilio se ríe con una pala

Esta vez quedaron limpios. Los tendimos y nos sentamos a merendar mientras se secaban. Basilio tenía un picor tremendo de tanto cavar entre ortigas. Pompilio ofreció devolver una avellana por cabeza. La otra cubría sus explicaciones.

Entonces Leocadia le enseñó un remiendo azul junto al elástico. Pompilio se tocó el pantalón. Miró la prenda. Volvió a tocarse el pantalón.

«Hostia. Si esos son los míos».

Habíamos recorrido medio bosque siguiendo el mapa de su culo.

Nos devolvió todas las avellanas. Desde entonces, para ir de excursión con él, exigimos dos cosas: que traiga una ruta y que se haya lavado el culo.

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