Que no te roben los colores: sube esa seta

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Trulito se levantó cantando con un calcetín puesto y el otro colgando de una oreja. Había mermelada de frambuesas, quedaba pan y aquella mañana no le dolía ni una puñetera cosa. ¿Qué más quería el tío? Se arrimó al fuego meneando el culo y se puso a tostar una rebanada que casi no le cabía en los brazos.

«¡Hoy me como una tostááá, que me quiten lo bailaooo!»

Entonces se abrió la lengüeta del zapato viejo de al lado. Dentro vivía Ruñuno, un vecino que era capaz de encontrarle una pega a una siesta.

«¿Te quieres callar? ¡Vaya mierda de canción! Me has despertao».

Eran las once y media. Ruñuno llevaba despierto desde las ocho, cuando había salido a quejarse de que los pájaros se estaban mirando demasiado.

Trulito bajó la voz. Luego dejó de cantar. Se sentó con su tostada y empezó a comérsela sin ganas, mirando de reojo el zapato. Nosotros lo vimos y nos dio un coraje tremendo. Hacía dos minutos estaba dando palmas con las nalgas y ahora parecía que tenía que pedir perdón por desayunar contento.

La alegría no se baja para que otro mande

Entonces salió su hermano Jalino con la radio seta debajo del brazo. La habíamos apañado con dos altavoces, una antena torcida y un botón rojo que grababa lo que pillase. Jalino no sabía para qué servía, pero lo pulsaba porque le gustaba que se encendiera la lucecita.

«¡Arriba esos cuerpos, que aún nos quedan dientes!»

Trulito le agarró de la manga.

«Kiyo, baja un poquito, que Ruñuno está refunfuñón».

Jalino miró el zapato, miró la tostada a medio comer y puso la radio seta a tope.

«¡Pues que se meta un calcetín en la puerta! ¡Tú dame mermelada!»

Y se arrancó a cantar más fuerte. Cantaba como el culo, aquello hay que decirlo. Pero le echaba unas ganas que acabamos bailando hasta los que habíamos venido a pedir un martillo. Trulito aguantó serio tres segundos. Al cuarto estaba usando la tostada de micrófono y se había untado media cara.

Ruñuno salió hasta el cordón y soltó tres quejidos larguísimos. Jalino le dedicó una vuelta, se tropezó con la raíz y aterrizó sentado. Se levantó sin perder el compás. Ese cabrón tenía más arte por los suelos que muchos sobre un escenario.

Trulito se ríe con su tostada, Jalino baila junto a la radio seta y Ruñuno protesta desde su zapato
La tostada llevaba frambuesa. El vecino venía amargado de casa.

El mal rollo se pega, pero la guasa también

Entre nosotros hay una regla de las importantes: no le entregues tu alegría a quien solo viene a pisotearla. El mal rollo es un veneno puñetero. Empiezas callándote una canción y acabas escondiendo las ganas de hacer cosas, por si al de siempre le parecen una gilipollez.

Si un colega está triste, nos sentamos con él y compartimos la tostada. Faltaría más. Ruñuno, en cambio, no quería compañía. Quería que todos estuviéramos tan jodidos como él. Pues no, miarma. En ese zapato no cabemos y tampoco nos sale de los cojones entrar.

Hay gente con la que te entran ganas de vivir. Busca esa mesa. Arrima tu silla. Si llevas una idea, que te ayuden a probarla, aunque luego acabéis recogiendo los cachos entre risas. Y al que venga a quitarte los colores, déjalo protestando mientras tú te vas a hacer algo que te guste.

Nosotros nos llevamos el desayuno al río. Al mover la radio, Jalino apretó otro botón. Sonaron los quejidos de Ruñuno grabados, justo encima del ritmo de la música. Quedaban de puta madre. Trulito empezó a bailarlos y ya no hubo quien nos parara.

Cuando Ruñuno nos oyó alejarnos, asomó la cabeza por el zapato.

«¡Eh! ¡Esa mierda de canción es mía!»

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