Ese petirrojo tuyo: qué alegría verte

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Carmen, tú tienes un colega con el chaleco naranja que te está cogiendo una confianza tremenda. Hoy se acerca un poquito. Mañana se te planta al lado. Y como te descuides, te mira el café con cara de «¿y el mío?».

Nos has dejado pensando en un petirrojo que nos acompañó una temporada. Aparecía cuando Tadeo salía a dar su paseo y se quedaba cerca, mirándolo todo. Tadeo empezó saludándolo con la mano. A la semana ya le contaba sus problemas con las botas. El pájaro aguantaba más que nosotros, la verdad.

El tronco estaba muerto, decían

Una tarde nos sentamos junto a un tronco caído. Tadeo le dio dos palmaditas y anunció que aquello ya no servía para nada. Llevaba el gorro nuevo y se sentía con autoridad para opinar sobre el universo entero.

«Aquí ya no hay vida, criaturas. Esto se acabó».

En esas, un escarabajo salió de una grieta y le cruzó la bota. Había hongos bajo la corteza, musgo por encima y raíces pequeñas aprovechando la tierra húmeda. El petirrojo bajó a buscar bichillos entre las hojas. Tadeo apartó el pie y nosotros empezamos a descojonarnos.

«Pues para haberse acabado, está esto hasta los cojones de gente».

Ahí tienes nuestra filosofía, Carmen. La cosa más muerta del bosque puede estar llena de vida. La madera se descompone, sus nutrientes vuelven al suelo y otros los aprovechan. Nosotros vemos ese trajín todos los días. Por eso nos cuesta tanto mirar algo y decir: se acabó, ya está, aquí no queda nada.

La salsa del universo también lleva cagarrutas

Desde una llamarada hasta la cagarruta de un conejo, todo participa en ese movimiento de materia y energía. Nosotros lo llamamos la salsa del universo. La energía se transforma y se transmite. La materia va cambiando de compañía. Y nadie le ha pedido permiso a Tadeo para seguir con el jaleo.

El sol alimenta la hierba, el conejo se la zampa y deja su aportación redondita. Después, los descomponedores hacen su trabajo y los nutrientes regresan al suelo. Tú ves una caca. Nosotros vemos que el bosque sigue cocinando. Con un ayudante que trabaja sin pantalones.

Tadeo se quedó mirando una bolita con un respeto nuevo. Muchísimo respeto. Le tuvimos que quitar la cucharilla.

«Que forme parte del universo no significa que te la tengas que comer, miarma».

Un petirrojo observa a tres pequeños Magikitos que descubren escarabajos, musgo y hongos alrededor de un tronco caído
Tadeo daba el tronco por terminado. Los vecinos estaban ocupadísimos.

¿Que tu petirrojo pueda llevar algo de quien vivió antes? A nosotros nos gusta creer que sí. Nos cabe de sobra en el pecho esa idea de que la vida cambia de traje y encuentra maneras de volver a saludar. Es nuestra manera Magikita de sentir el mundo, con los pies llenos de barro y el corazón bien abierto.

También sabemos que estos pájaros se acercan a quienes remueven la tierra porque aparecen gusanos y larvas. Son espabilados. Una visita puede tener hambre y alegrarte el día al mismo tiempo. El almuerzo no le quita lo bonito al encuentro, cojones.

Así que, Carmen, si al verlo te viene a la cabeza alguien querido, hazle sitio a ese recuerdo. Cuéntale una tontería al pájaro. Deja que se acerque a su ritmo. Que acordarte de alguien te saque una sonrisa también es una manera preciosa de quererlo.

Nosotros seguimos paseando con Tadeo y su compañero. Una mañana el petirrojo se le posó en el gorro nuevo. Tadeo se quedó quietecito, emocionado, mientras los demás conteníamos la respiración.

El pájaro se cagó.

«¡Ea! ¡Pues si vienes de parte de alguien, dile que el gorro era nuevo!».

Se echó a reír tanto que acabamos todos sentados en el suelo. Al día siguiente, Tadeo llegó el primero para ver a su amigo.

Con el gorro viejo.

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