Hojas de otoño: bajar tiene su arte

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Baldomero llevaba media tarde debajo de un castaño, con los brazos en jarras, esperando que una hoja cayera donde él había dicho. Había dibujado una cruz en una piedra. Se había guardado un buñuelo de crema en el bolsillo trasero para comérselo después de acertar. La hoja se soltó, dio dos vueltas y pasó de largo.

«¡Aquí, coño! ¡Que te estoy viendo!».

Nicanora estaba tumbada en el musgo. Nosotros habíamos ido a merendar, pero aquello empezaba a merecer que apartáramos un momento las nueces.

«Baldomero, cariño, que se ha caído de un árbol. No ha venido a una cita contigo».

La gravedad tira. El aire también tiene sus cosas.

Las hojas bajan porque la gravedad tira de ellas, pero el aire les frena la caída y les cambia el movimiento. Influyen su forma, su peso, cómo se doblan y la posición que van tomando. Una hoja ancha y ligera puede balancearse de lado a lado o dar vueltas mientras desciende. Otra cae más deprisa. No llevan todas el mismo paso, por mucho que Baldomero les ponga cara de encargado.

Además, el aire se mueve. Una ráfaga puede llevarlas de lado, hacerlas girar o levantarlas un momento. Por eso unas bajan despacito y otras salen disparadas. Hay física en ese baile, aunque a nosotros nos dé por verlo como una juerga. La hoja no elige su recorrido. Baldomero tampoco lo elegía, pero le estaba costando un cojón admitirlo.

Nuestra fugitiva rozó un helecho, volvió a subir un poco y se alejó de la piedra. Baldomero fue detrás de ella. Cada vez que parecía tenerla, la hoja se giraba y él se quedaba abrazando el aire.

«¡Ven aquí y cae como una persona!».

Nosotros ya nos teníamos que sujetar las barrigas. Nicanora le señaló que quizá el problema era pedirle a una hoja que se comportara como su cuñado. El cuñado, por cierto, se caía bastante peor y luego había que llevarlo a casa.

Que dé vueltas no significa que vaya mal.

A veces miramos la vida con la misma cara que Baldomero miraba aquella piedra. Habíamos decidido un sitio, una fecha, una manera. Si luego algo se mueve, enseguida creemos que lo hemos hecho todo mal. Y nos castigamos por una curva sin haber llegado siquiera a ver qué había detrás.

Aquel cabreo se le fue deshinchando al sentarse junto a nosotros. Se quedó siguiendo con los ojos una hoja amarilla que giraba despacio. Al pasar por un claro, la luz le encendió los nervios. Durante un segundo parecía que llevaba el sol cosido por dentro.

«Mira que dar tanta vuelta para acabar en el suelo», murmuró.

«Ya. Y tú has venido hasta aquí para comerte un buñuelo. Tampoco te pongas estupendo».

Nos dio la risa floja. Después nos quedamos callados un ratito, de esos silencios cómodos en los que nadie tiene que demostrar nada. Olía a tierra húmeda. Había hojas que apenas se movían y otras que parecían estar estrenando caderas. Nos gustaban todas. Ninguna nos debía una llegada perfecta.

No teníamos resuelta la vida. Seguíamos teniendo goteras, líos y cosas que nos daban miedo. Pero allí cabían también las nueces, los amigos y aquella belleza que no habíamos mandado hacer. A nosotros nos sienta de puta madre recordar que podemos disfrutar de algo sin tenerlo agarrado.

Tres Magikitos en el musgo miran una hoja amarilla a contraluz bajo un castaño de otoño

Baldomero respiró hondo y anunció que estaba en paz con el universo. Entonces notó algo blandito debajo del culo. Se levantó despacio. La crema le había salido por la costura del bolsillo.

Nicanora lo miró. Nosotros miramos la piedra. La hoja había terminado cayendo justo encima de la cruz, mientras él se sentaba sobre su merienda.

«La próxima revelación la tengo de pie, cojones».

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