Hay un instante exacto, justo antes de empezar, en el que una cosa todavía no es nada. Un trozo de barro que es solo barro. Una hoja en blanco que es solo blanco. Un silencio que aún no ha decidido si será una canción. Las cosas, ahí quietas, tienen esa neutralidad un poco triste de lo que espera. Y entonces alguien las mira con una chispa en el ojo, y algo se enciende.
A ese encenderse venimos a cantarle hoy.
Porque crear no es un lujo de gente con boina y caballete. Crear es lo que hacéis cuando le metéis fuego imaginativo a algo que estaba apagado. Da igual que sea un guiso, un dibujo torcido, una excusa imposible para escaquearos de una cena o la forma de colocar tres piedras en una repisa. En el momento en que una idea pasa del no-ser al ser, habéis hecho magia de la de verdad, de la que no necesita varita.
Y lo mejor no es el resultado. Lo mejor es lo que os pasa por dentro mientras estáis en ello.
Crear es soplarle vida a lo que estaba muerto de aburrimiento. Y de paso, revivirte a ti.
Conocéis ese estado, aunque no lo hayáis llamado nunca por su nombre. Estáis enredados en algo y, de pronto, el reloj se vuelve un mentiroso. Levantáis la cabeza y han pasado tres horas que juraríais que fueron veinte minutos. No teníais hambre, no teníais miedo, se os había olvidado esa factura, esa conversación pendiente y el hecho de que un día, como todo el mundo, os vais a morir. Solo existía la cosa entre las manos y vosotros, fundidos en el mismo gesto. Eso tiene nombre. Se llama fluir.
¿Qué es exactamente el estado de flow?
El estado de flow es ese momento de concentración tan absoluta en lo que creáis que perdéis la noción del tiempo, del cansancio y de vosotros mismos, y solo existe el presente y la cosa que tenéis entre las manos. No es una magia inalcanzable: pasa cuando el reto que tenéis delante encaja justo con lo que sabéis hacer, ni tan fácil que aburra ni tan difícil que agobie. Ahí, en ese filo, la cabeza deja de parlotear y las manos saben solas.
Lo bautizó un señor de apellido impronunciable, Csíkszentmihályi, que se pasó años preguntando a pintores, escaladores y ajedrecistas cuándo eran felices de verdad. Y todos, sin haberse puesto de acuerdo, describían lo mismo: ese trance gozoso donde el yo se calla y solo queda el hacer. Nosotros, que llevamos siglos escondidos entre las cosas que la gente fabrica con cariño, lo vemos a diario. Es el resplandor que se escapa de un taller a las tantas de la noche.
Hay quien lo persigue a base de técnicas y temporizadores. Y está bien. Pero el flow es más bicho travieso que perro amaestrado: no viene cuando lo llamáis a gritos, viene cuando se os olvida llamarlo porque ya estáis dentro.

Fijaos en una cosa preciosa. Mientras Federico García Lorca cazaba su famoso duende y juraba que esa fuerza solo aparece donde se huele la muerte, el flow hace justo lo contrario: os la hace olvidar. Lo contamos en nuestro artículo sobre el duende de Lorca y el fuego del arte, y nos encanta esa contradicción. El duende lorquiano necesita el abismo. El flow os tapa el abismo con las manos llenas de barro. Dos caras de la misma moneda mágica, y las dos verdaderas.
Cuando estáis ahí bien metidos, en racha, encadenando aciertos sin saber muy bien de dónde salen, no estáis huyendo de la vida. La estáis viviendo tan a fondo que no os queda hueco para el ruido. El presente os galopa por las neuronas. Y eso, criaturas, es de las pocas felicidades que ni se compran ni se descargan.

Y si ahora mismo estáis pensando "ya, pero es que yo no soy creativo", parad un segundo. Esa frase es la mentira mejor contada del mundo moderno. Nadie nace sin creatividad: nace con ella y luego le enseñan a apagarla a fuerza de exámenes y de hacer las cosas como toca.
La buena noticia es que se vuelve a encender con cualquier cerilla. No hace falta un lienzo enorme. A veces basta con sentarse a pintar sin que el resultado importe nada, solo por el gusto de salirse de las líneas. Si queréis una puerta de entrada sin presión, nuestras láminas de duendes para colorear son una rampa estupenda hacia el flow.
¿Cómo entro en flow si creo que no soy nada creativo?
Empezad por algo pequeño, sin público y sin nota final: elegid una sola cosa que os apetezca de verdad, quitad el móvil de la vista y poneos quince minutos a hacerla solo por hacerla, sin que importe si sale bien. El flow no llega cuando os obligáis a ser brillantes, llega cuando os dais permiso para ser torpes con alegría. Esos quince minutos sin juez interior son la grieta por donde se cuela toda la magia.
Porque la creatividad no es un talento de unos pocos elegidos, es un músculo que casi todo el mundo tiene atrofiado de no usarlo. Si os apetece despertarlo del todo, escribimos otra carta de amor a ese tema en el poder de la imaginación. Y si queréis conocer a los nuestros, los Duendes de la Creatividad son justo los que se cuelan en los talleres para soplar chispas cuando todo huele a repetido.
Truquito de duende: la próxima vez que entréis en racha, no miréis el reloj para comprobar cuánto lleváis. Mirarlo es la forma más rápida de que el hechizo se rompa. Dejad que el tiempo se pierda. Para eso está.
Así que esto era, al final, una pequeña celebración. Un brindis con taza de té frío por todas las veces que habéis cogido algo muerto de aburrimiento y le habéis metido vida. Por el guiso que salió de la nada, por la canción tarareada en la ducha, por el dibujo que nadie verá. Cada vez que creáis, por pequeño que sea, le ganáis un asalto al vacío. Y nosotros, desde la estantería, os aplaudimos sin que nos veáis.
Venga, id a fluir. Las cosas quietas os están esperando para encenderse.