Calabaza al horno: que repita la Muerte

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Donato pegó una patada a la puerta y apareció vestido de la Muerte. Capa negra, capucha hasta la nariz y una guadaña hecha con un palo y nuestra cuchara de servir. Nos señaló muy despacio. Había ensayado aquello, el cabrón.

«Esta noche vengo a llevarme un alma».

«Pues llévate primero ese cubo, picha, que está en medio», le dijo Nicanora.

Estábamos preparando la cena de Halloween. Tontulio llevaba unos colmillos que se le caían cada vez que hablaba y nosotros teníamos una calabaza encima de la mesa. Donato esperaba gritos. Recibió un delantal. Se lo atamos por encima de la capa, con un lazo precioso en el culo.

La Muerte también pela

Hicimos calabaza asada con feta y miel. Dulce, salada, con los bordes doraditos y un juguito para mojar pan hasta perder la vergüenza. Para cuatro humanos, como acompañamiento, hacen falta 1 kg de calabaza ya pelada y sin semillas, 3 cucharadas de aceite de oliva, 1 cucharadita de pimentón dulce, 150 g de queso feta y 1 cucharada de miel. También un poco de sal y pimienta. Nosotros sacamos los platos grandes. Los de cuando viene alguien y fingimos que somos finos.

Usamos una calabaza cacahuete fresca, de las de cocinar. La que llevaba tres días en la puerta con una vela dentro se quedó en su puesto. Tontulio quiso traerla porque ya estaba hueca. Lo mandamos a buscar el pan antes de que intentara aprovechar también la cera.

Encendimos el horno a 200 °C con calor arriba y abajo, o 180 °C si tiene ventilador. Pelamos la calabaza, le quitamos las semillas y la cortamos en dados de unos dos centímetros y medio, parecidos de tamaño. Donato decía que pelar le quitaba presencia. Le dijimos que con aquella cuchara atada a un palo tampoco imponía un carajo.

Mezclamos los dados con el aceite, el pimentón, una pizca de sal y la pimienta. Poca sal, que el feta ya trae la suya. Los extendimos en una bandeja con papel de horno, en una sola capa y con espacio. Si no caben, dos bandejas. Amontonados se cuecen con su vapor y luego vienen los lloros porque aquello está blandurrio.

Donato quiso poner los trozos formando una calavera. Le salieron dos ojos y un montón enorme de calabaza haciendo de nariz. Nicanora lo desparramó todo con la cuchara. Ya le había desmontado la guadaña. La Muerte se quedó con un palo, una nariz de pimentón y bastante menos autoridad.

«No me respetáis una mierda».

«Te estamos dejando cocinar, que es más peligroso».

El queso se vigila desde cerca

La bandeja estuvo en el horno entre 35 y 45 minutos. A mitad de tiempo les dimos la vuelta a los dados. Mandan la calabaza y el horno: está lista cuando los bordes se doran y un tenedor entra fácilmente. Si sigue dura, necesita unos minutos más. Mientras esperábamos, Donato se quedó custodiando el feta. Qué error más gordo.

Primero igualó una esquina. Después la otra, porque el bloque se había quedado torcido. Cuando fuimos a buscarlo, tenía queso hasta en las cejas. Se bajó la capucha para ocultarlo y empezó a masticar muy despacito, como si así no se oyera. Tontulio lo miraba con los colmillos en la mano. Nos dio tanta risa que casi no podíamos sacar la bandeja.

Donato, disfrazado de la Muerte con un delantal, esconde queso en la capucha mientras Nicanora y Tontulio se ríen junto a la calabaza asada

Ya fuera del horno, desmenuzamos el feta por encima y añadimos la miel en un hilo. La miel al final, para no quemarla durante el asado. Dejamos que perdiera el calor más rabioso y nos sentamos. La calabaza estaba tierna, el queso le daba ese punto salado y allí no se escuchó ni un susto. Solo el pan arrastrándose por los platos.

Donato repitió. Luego volvió a repetir porque, según él, debajo de la túnica estaba en los huesos. Nicanora le miró la capa. Reconoció una mancha redonda junto al cuello y le dio un tirón. Era su mantel. El muy sinvergüenza le había hecho un agujero para sacar la cabeza.

Se quedó en calzoncillos de patitos, abrazado al plato. La Muerte. Con patitos.

«¿Y ahora cómo coño me voy a casa?».

Le prestamos una servilleta y salió muy digno. Cinco minutos después llamaron otra vez. Era Donato, andando de rodillas, con la servilleta en la cabeza.

«Soy su hijo. Mi padre dice que los niños pueden repetir».

Nicanora lo sentó en su regazo y le llenó el plato. Nosotros ya estábamos llorando de risa.

«Come, criatura. Y dile a tu padre que se afeite las rodillas, que pincha cuando lo cogemos en brazos».

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