Manazas
Un hornillo que no daba chispa y cuarenta y un años sin volver
El hornillo tenía once años.
Se lo regaló su padre a Axel cuando cumplió quince. Era de esos aparatos feos que no se rompen nunca: una plancha de acero, tres patas y un quemador que rugía como un avión pequeño.
Aquella tarde llovía sin ganas y sin parar, de esa lluvia fina que te cala en veinte minutos sin que sepas cuándo ha empezado. Encontraron un cobertizo de aperos en mitad de un campo, abierto por un lado, con el suelo de tierra dura y un montón de sacos vacíos en un rincón.
— Aquí — dijo Hortensia —. Y no se hable más.
Axel sacó la olla, montó el hornillo, abrió el gas y le dio a la chispa.
Nada.
Otra vez. Nada.
— Trae — dijo Hortensia.
— Que no, que este va siempre.
Le dio nueve o diez veces más, igual, a ver si sonaba la flauta. A la décima la ruedecita hizo clic, se quedó floja y se puso a girar en el vacío.
— Ah.
Y entonces lo vio.
Sentado encima del regulador, con las manos en las rodillas y cara de circunstancias. Un poco más grande que Gorgorito, con un peto lleno de bolsillos y unas manos enormes, del tamaño de sus propios pies.
— Se ha roto — dijo, con una voz gravísima.
— Ya lo veo.
— Es que lo estaba mirando por dentro.
— Ya lo veo.
— Es que yo lo abro todo. — Se miró las manazas —. Pa ver por dónde va la cosa. Y luego lo cierro, y ya no va. — Se lo pensó —. Pero por dentro ya me lo sé. Y eso ya no se me olvida.
— ¿Y tú quién eres?
— Manazas.
— Pues claro.
Axel miró a las dos. Hortensia se estaba escurriendo la rebeca. Eva miraba la lluvia. Ninguna miraba el hornillo.
— Mañana buscamos una ferretería — dijo, más alto de la cuenta —. Con una piedrecita de chispero se apaña en dos minutos.
— O hacemos fuego — dijo Eva.
— ¿Con todo mojado? Ni de coña, pelúa.
Eva ya se estaba levantando.
Salió al campo y volvió a los diez minutos con una brazada de palitos que había sacado de debajo de un tojo, de la parte de dentro, donde no llega el agua ni lloviendo tres días. Cogió un palo gordo y con la navaja de Axel le fue sacando virutas hasta hacer un montoncito del tamaño de un huevo. Encima los finos, cruzados. Alrededor los gordos, sin tocarse.
— ¿Tienes mechero?
— Tengo dos.
— Pues ya está.
A los cuatro minutos había fuego dentro de un cobertizo, con el campo entero chorreando alrededor.
— ¿Dónde has aprendido eso?
— En ningún sitio.
— Eva.
— Que en ningún sitio. Se aprende porque si no cenas frío.
Axel no pensó que era un pringao con una tienda de ciento veinte euros. Pensó: yo quiero saber hacer eso. Y se quedó un poco tonto, porque era la primera cosa que le apetecía aprender desde el carné de conducir.
Cenaron caliente. Una lata de atún y otra de tomate en la olla, con un chorro de aceite, y pan mojado en la salsa. La lluvia daba en el techo de uralita. Kika se tumbó delante de las brasas con la cara de haber llegado por fin a algún sitio.
Manazas se había ido al montón de sacos. Estaba sentado encima de sus propias manos, como un crío castigado, sin quitarle ojo al hornillo.
Fue Eva la que sacó lo otro. Llevaba toda la tarde con eso dentro.
— Hortensia. Lo de la casa de tu madre.
Hortensia se quedó con el pan a medio camino. Bebió de la cantimplora. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
— Es la casa donde me crié — dijo, mirando el fuego —. Arriba del todo, en la montaña. Piedra, la cuadra abajo, la vivienda arriba y un horno de pan pegado a la pared de fuera. Mi padre era herrero. Mi madre, todo lo demás.
— ¿Y por qué no estás allí?
— Porque a los diecinueve me bajé a la ciudad a despachar en una tienda y conocí a un señor con corbata. — Se rió por la nariz —. Luego se murieron mis padres, con dos años de diferencia. Mi hermano estaba en Alemania y no quería oír hablar de piedras, y mi hermana me vendió su parte por lo que costaba el notario. Enterré a mi madre por la mañana, firmé por la tarde y por la noche estaba poniendo la mesa en la ciudad.
— ¿Y no has vuelto?
— No.
— ¿Nunca?
— Cuarenta y un años.
Axel se incorporó.
— ¿Cuarenta y uno?
— Al principio no tenía tiempo, que es lo que se dice. Luego era que para qué, si estaría hecha una ruina.
Ahí se paró. Se llevó la mano al bolsillo de la rebeca, a lo que hacía clinc, y la dejó encima un segundo.
— Una ruina — repitió, como si la palabra la hubiera leído en algún sitio —. Y luego ya era otra cosa. Que llevaba tanto sin ir que ir era admitirlo. Subir la cuesta, plantarte delante de la puerta y contar los años.
— Sí — dijo Eva.
Lo dijo tan rápido que Axel se giró.
— Un primo mío subió hace unos años y me mandó una foto — siguió Hortensia —. Y no la abrí. La tengo en el teléfono, que pone «la casa», y ahí está. — Levantó un hombro —. Es una tontería. Ya lo sé.
— Pues vamos — dijo Axel.
— Sí, hombre. Y de paso me limpiáis los cristales.
— En serio. Vamos.
— ¿Vosotros? ¿A un pueblo perdido a ver una ruina?
— Nosotros no vamos a ningún sitio en concreto. Ya te lo dije. Pues a ese.
Hortensia abrió la boca. La cerró. Y se puso a recoger las latas con muchísimo ímpetu, hablando de que los bordes cortan y de un primo suyo que se hizo así un tajo de siete puntos.
Ya tumbados, con Hortensia roncando, Eva habló a oscuras.
— Axel.
— Qué.
— Lo de la casa no lo ha dicho por decir.
— Eso ya lo he visto yo, listilla.
— No. Que lo lleva pensando desde el pantano. Desde lo del zapato.
— ¿Y tú cómo te fijas en esas cosas?
— Mirando, listillo. Duérmete ya.
No dijo más. Axel se quedó mirando la uralita. Aquella tía le sabía decir lo que pensaba una señora tres días antes de que la señora lo dijera. Y él llevaba diez días andando a su lado sin tener ni idea de lo que pensaba ella.
Luego se acordó del hornillo.
Salió con el frontal, lo recogió del suelo y le dio a la ruedecita sin pensar.
Chispa.
Se quedó quieto. Chispa, chispa, chispa. Como siempre.
Miró los sacos. Estaban vacíos.
— Eva — dijo bajito —. Que da chispa.
— Se habrá secado la piedrecita — dijo ella, sin abrir los ojos. Y se dio la vuelta muy deprisa para estar dormida.
— Me cago en la leche — dijo Axel, en voz alta.
Desde algún sitio del montón de sacos, muy bajito, se oyó una risa.