Kika
Una perra que se quejaba muchísimo y un pueblo debajo del agua
Eva no habló en todo el día.
No fue un enfado de portazo. Fue peor. Fue un silencio educado. Andaba con ellos, paraba cuando paraban, y cuando Hortensia le dio un trozo de pan dijo «gracias» y se lo comió mirando el pan.
Axel probó tres veces.
La primera con un chiste.
— ¿Sabes qué le dice un pez a otro pez?
Eva siguió andando.
— Nada — dijo Axel —. Eso le dice. Nada.
Hortensia tuvo que pararse en la cuneta, doblada.
— Ay, hijo, qué malo es.
Eva, nada. Como el pez.
La segunda con una pregunta del camino, para que tuviera que contestar.
— ¿Llegamos a algún pueblo antes de comer?
— No lo sé.
Tres palabras.
La tercera fue la mala.
— Oye, si quieres hablamos de lo de esta mañana.
— No quiero.
— Ya, pero a veces va bien…
— Axel.
Y se calló. Porque él era de arreglar. Se le rompía algo a alguien y ya estaba él con el destornillador antes de que se lo pidieran.
Hortensia, en cambio, habló por los tres. De un cura que se dormía de pie en misa. De las setas. De por qué la gente ya no se sienta en los portales.
A Eva no le preguntó nada. Ni una vez en cinco horas. Y no fue un despiste.
Pararon a comer en un merendero al lado de una gasolinera. Un sitio feo. Dos mesas de plástico y una máquina de tabaco.
Y ahí salió.
Salió de detrás de los contenedores con la cabeza gacha. Axel pensó que era un lobo. Era una perra grande, gris y blanca, con la cara pintada como de antifaz, las orejas de punta y unos ojos azules que no le pegaban nada a un perro. Estaba en los huesos. Se le caía el pelo a matas. Ni collar.
Se paró a cinco metros, calculando.
— Uy — dijo Hortensia —. Eso es un husky. De los de tirar del trineo. ¿Quién le manda a nadie comprarse un lobo para tenerlo en un piso?
Fay, encima de la mesa, la miró, decidió que no era asunto suyo y se hizo una rosca.
— No le deis nada — dijo Hortensia —. Que si le das no se va. Y luego qué, ¿te la llevas?
Axel se quedó con medio bocadillo en el aire. La perra no le quitaba ojo.
Y Eva se levantó.
Cogió su bocadillo entero, sin haberle dado ni un mordisco, y se agachó a cuatro pasos de la perra.
— Ven.
Era lo primero que decía desde el arcén sin que nadie le preguntara nada.
La perra no se movió.
— Que vengas, tonta. — Partió el bocadillo y dejó la mitad en el suelo —. Toma.
La perra se acercó de lado, lista para salir pitando. Cogió el trozo y se apartó dos metros a comérselo.
Eva se sentó en la gravilla con las piernas cruzadas y se puso a hablarle bajito. Que estaba muy flaca. Que a ver de dónde venía. Que tenía los ojos como Fay y a lo mejor eran primos.
Y la perra le contestó.
No ladró. Levantó el morro, cerró los ojos y soltó un «auuu-wo-wo-wo» larguísimo, de una tristeza completamente falsa.
— ¿Perdona?
— ¡Auuu-wo-wo!
— Ah, o sea que de eso vamos.
Estuvieron así diez minutos, una tía hablando bajito y un bicho quejándose de su vida entera. Hortensia lloraba de risa con la manga en los ojos.
Cuando recogieron, la perra estaba a tres metros. Cuando salieron a la carretera, a diez. A la media hora iba delante con Fay, como si llevara toda la vida en el equipo.
— Esta ya no se va — dijo Hortensia —. Habrá que ponerle algo.
— Kika — dijo Eva.
— ¿Kika? ¿Y eso por qué?
— Porque le faltan cuatro kilos. Y porque le pega.
Aquella tía no le ponía nombre a sus canciones, y a una perra se lo había puesto en dos segundos.
Al día siguiente llegaron a un cruce con dos flechas. Una decía «Gijón 480». La otra solo decía «Caminomorisco» y se metía para arriba, hacia unos montes azules de lejos.
Axel se paró delante de la de Gijón. Llevaba meses con los acantilados metidos en la cabeza.
Fay cruzó sin mirar a nadie, se metió por el camino de arriba, se sentó a veinte metros y se puso a esperar. Kika detrás, como un remolque.
— Por ahí — dijo Eva.
— Es que por ahí no hay mar — le dijo Axel al gato.
El gato no contestó.
— Ajá — dijo Eva.
— Bueno. Pues por arriba.
Y no le costó tanto como esperaba.
— A ver que me aclare — dijo Hortensia, marcando el paso —. Tú lo dejas todo y te vas y no sabes a dónde.
— Al norte. Al mar, a los acantilados.
— ¿Tú surfeas?
— No.
— Ah. ¿Y entonces por qué te fuiste?
— Por un trozo de pizza — dijo Eva.
Hortensia se paró en seco en mitad de la carretera.
— ¿Cómo?
— Eva.
— Que se atragantó con un trozo de pizza y le cambió la vida.
— No fue así.
— Fue exactamente así.
— No fue exactamente así. — Axel apretó el paso, muy digno —. Era un trozo grande.
— De pizza congelada — siguió Eva, encantada —. De microondas.
— Precongelada.
— ¿Y eso qué es?
— Otra cosa.
— Y se tiró de barriga contra la encimera como un jabalí y el trozo salió volando.
— ¡Como un animal, dije! ¡Yo no dije jabalí!
Hortensia los miraba a uno y a otro con la boca abierta.
— ¿Y pensaste que te morías?
— Pensé que me moría. Y pensé: joder, qué vida más tonta.
Hortensia se quedó callada tres pasos. Y luego soltó una carcajada que asustó a Kika.
— ¡Una pizza! ¡Ay, madre mía, una pizza! — Se secó un ojo con la muñeca —. A mí me hizo falta que se muriera un hombre. Tú te has librado con una pizza.
Siguió dos pasos por delante, como si hubiera dicho que iba a llover.
Eva le dio a Axel un codazo, sin mirarlo. El primero en dos días.
A las dos horas se abrió el valle y apareció el agua.
Un embalse enorme, verde oscuro, metido entre los montes. Las orillas eran barro seco y agrietado, con una raya blanca muy por encima del agua que decía hasta dónde había llegado alguna vez.
Y en mitad del agua, a doscientos metros de la orilla, había una torre.
Una torre de piedra, cuadrada, con dos ventanas arriba y un hueco donde algún día hubo una campana. Salía del agua sola. Como un dedo.
— Un campanario — dijo Hortensia —. Aquí abajo había un pueblo. Lo inundaron para hacer el pantano. A la gente le dieron un papel y un plazo, y el plazo era corto. A los muertos se los llevaron. A los vivos les hicieron un pueblo nuevo ahí arriba, con las calles rectas.
Se metió las manos en los bolsillos de la rebeca.
— Y las casas de abajo se quedaron enteras. Con las puertas cerradas.
Bajaron a la orilla porque a Eva se le metió en la cabeza.
De cerca era peor. En el barro había un trozo de pared con su esquina. Media escalera que no subía a ningún sitio. Kika encontró un zapato de cuero hecho piedra y lo trajo muy orgullosa a los pies de Hortensia.
— Suelta eso, guarra — dijo Hortensia.
Y se quedó mirando la torre. Demasiado rato.
— Estas casas eran como la de mi madre — dijo.
— ¿Y eso dónde era? — dijo Axel.
— Arriba. En la montaña. — Lo señaló con un golpe de barbilla, muy rápido, como se señala algo que no se quiere señalar.
— ¿Y sigue en pie?
— ¡Y a ver si sabéis lo que es este hierro! — dijo Hortensia, agachándose a por un trozo de chatarra —. Porque yo no tengo ni idea.
Se puso a hablar de setas muy alto y muy rápido, y no las soltó en toda la tarde.
Axel miró a Eva. Eva levantó las cejas medio milímetro.