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Esta criatura anda metida en un oficio finísimo que requiere sigilo, dedos suaves y una fe absoluta en la dentadura provisional. Cuando la casa se queda callada, se cuela con sus alas de alboroto discreto y revisa debajo de la almohada por si hay un diente de leche esperando mudanza. Lleva el pelo verde de quien ha pasado media vida hablando con musgo fresco, un vestido rosa de campanilla contenta y un sombrerito de liquen traído de los bosques de Taramundi, que es básicamente llevar un trocito de niebla bien peinada en la cabeza.

Mide unos 12 centímetros sin contar las alas, que tampoco les gusta estarse quietas para una medición seria. Tiene esa energía de las cosas pequeñas que mandan mucho sin montar escándalo. Nos cae de lujo porque mezcla ternura con cara de saber más secretos que un gato callejero.

  • Guarda dientes en bolsillos invisibles que no se sabe dónde acaban
  • Le flipa el olor a hierba mojada después de una noche larga
  • Si una almohada cruje, se queda congelada haciéndose la decoración

Dicen que cambia dientecitos por monedas, pero nosotros sospechamos otra cosa. Lo que deja de verdad es la primera pista de que crecer también puede ser una fiesta chiquitita.

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