En lo profundo de un bosque muy tupido había una vez un lugar mágico donde el tiempo parecía correr más despacio. Allí, entre los árboles, se alzaba una casita de piedra con el techo cubierto de musgo verde y con ventanas redondas que siempre brillaban con una luz cálida.

En esa casita vivían los Magikitos, unas criaturas diminutas, guardianas de la naturaleza, que vestían trajes hechos de hojas y sombreros de bellota. Desde la casita de piedra bajaba un sendero que llevaba directo al río cristalino, pero no era un sendero cualquiera: era el sendero de los susurros. Para proteger el bosque, los Magikitos habían tallado hermosas imágenes de duendes en los troncos de los árboles que bordeaban el camino. A simple vista no parecían más que la corteza, pero, si mirabas con atención, veías las caritas de los duendes que sonreían, guiñando un ojo o señalando el camino seguro hacia el agua. Eran los guardianes silenciosos del bosque.

Un sábado por la tarde, la paz del bosque se rompió por completo. Un grupo de excursionistas llegó al sendero. No venían caminando despacio ni escuchando los pájaros: venían gritando y pisoteando flores, y arrastrando ramas secas. El ruido era tan fuerte que causó un gran revuelo en el bosque. Las ardillas dejaron caer sus nueces y treparon a las copas más altas, temblando de miedo. Los pajaritos dejaron de cantar y volaron lejos. Un pequeño cervatillo que bebía en el río salió corriendo a esconderse entre los matorrales. El bosque se quedó sin su magia habitual, sumido en el miedo.

Al ver a los animalitos tan asustados, los Magikitos decidieron actuar, pero no con rabia, sino con magia. Utilizando un poco de polvo de estrellas, hicieron que las imágenes de los duendes en los árboles cobraran vida por unos instantes. Cuando los senderistas pasaron riendo a carcajadas por su lado, los duendes de los árboles empezaron a susurrar al unísono, creando un eco suave pero firme que envolvió el aire: ¡El bosque tiene oídos! ¡El bosque siente el ruido!

Los excursionistas se detuvieron en seco, asombrados. El viento sopló y las hojas de los árboles parecieron formar figuras de animales asustados en el aire. De repente, el líder del grupo miró el tronco de un viejo roble y vio la cara tallada de un duendecillo que lo miraba con expresión muy triste, apuntando hacia un arbusto donde una familia de conejitos se escondía, temblando. Entendió el mensaje de inmediato, se llevó un dedo a los labios y dijo: «Oigan, estamos asustando a los dueños del bosque, hay que caminar sin hacer ruido».

El grupo bajó el tono de voz, guardó los gritos y empezó a caminar despacio, disfrutando del crujir de las hojas bajo sus botas. Al ver el cambio, los Magikitos sonrieron desde las ventanas de su casita de piedra. Como recompensa por su respeto, hicieron que el camino al río se llenara de luciérnagas brillantes que guiaban a los senderistas hasta el agua, donde pudieron ver a los peces nadar en paz.

Desde ese día, ese grupo de personas aprendió que, para descubrir los secretos de la naturaleza, no se necesita hacer ruido, sino saber escuchar.

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