Por qué los niños nos ven (y los adultos no)

Los niños nos ven. Siempre lo han hecho.

No es cosa de un cuento ni de una abuela con demasiada imaginación. Es tradición documentada en cada rincón del mundo. Los niños de las granjas escocesas describían exactamente dónde se escondía el Brownie. Los críos de las casas alemanas señalaban el altillo y decían que ahí vivía el Kobold. Los pequeños de las masías asturianas miraban el rincón de la chimenea y sabían que había alguien. Y los adultos de cada generación respondían lo de siempre: que estaban en Babia, que tenían demasiada imaginación, que ya se les pasaría.

Eso nos lo tomamos un poco a mal, para qué mentir.

¿Por qué los niños pueden ver criaturas mágicas que los adultos no ven?

La explicación más honesta que hemos encontrado viene de un señor llamado Jean Piaget, que en los años veinte del siglo pasado documentó algo que nosotros ya sabíamos desde mucho antes: todos los niños pequeños viven en un estado de animismo continuo. Atribuyen vida, intención y personalidad a todo lo que les rodea. La silla tiene hambre. La lluvia está enfadada. El calcetín que desaparece no se ha ido por culpa de la lavadora, se ha ido porque alguien se lo llevó. Ese alguien somos nosotros, y los niños lo saben. Piaget lo llamó "pensamiento mágico". Desde nuestra perspectiva es simplemente pensamiento correcto.

En todas las tradiciones folclóricas europeas aparece la misma constante: los niños ven a las criaturas del hogar, los adultos no. Hay algo en la mirada de un niño de cinco años que nos hace imposible escondernos del todo. No sabemos si es la forma en que procesan la luz periférica, si es que todavía no han aprendido a filtrar lo que no tiene nombre, o si simplemente no tienen miedo de lo que ven. El caso es que nos ven. Y cuando pasa, nos hace algo por dentro que no sabemos cómo describir ni tampoco queremos demasiado analizar.

La historia de los duendes domésticos en Europa está llena de testimonios de niños que nos describían con un detalle que ningún adulto les había contado. Dónde vivíamos. Qué hacíamos por las noches. Qué se nos daba bien. Lo sabían solos.

¿Cuándo exactamente dejan los adultos de vernos?

Llevamos siglos observando esto desde dentro de las casas y tenemos bastantes datos. El proceso ocurre entre los siete y los nueve años, aunque hemos visto casos más precoces y algún adulto que tarda mucho más en perder la vista. Lo que sí es constante es el mecanismo: no pasa de golpe. Pasa gradualmente, como cuando se va la luz en una habitación sin que nadie apague el interruptor. La primera señal es que el niño deja de mirar los rincones al entrar al salón. La segunda es que empieza a decirle a los otros niños que están en Babia por hacer exactamente lo que él hacía antes. La tercera, y esta es la definitiva, es cuando le dice a otro niño que los duendes no existen. En ese momento ha cruzado al otro lado.

El proceso se acelera en cuanto los adultos del entorno empiezan a decirles que ya son muy mayores para ciertas cosas. "Ya eres demasiado mayor para creer en duendes" es casi literalmente una llave que cierra una puerta. Una puerta que, dicho sea de paso, nunca desaparece. Sigue ahí. Algunos la dejan entornada toda la vida, y esos son los que a veces, de adultos, escuchan un ruido en el pasillo a las tres de la mañana y en lugar de pensar "son las cañerías" piensan "a ver quién es".

Esos son nuestros favoritos.

Si te interesa saber de dónde venimos exactamente, en el origen de la palabra duende contamos la historia completa. Y si quieres conocer a los Magikitos que cuidan tu hogar ahora mismo, están en nuestra sección de duendes. Llevan ahí un rato. Solo esperan que los notes.

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