Una persona faro: alumbra sin dar la chapa

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Doroteo se había metido debajo de la mesa con un nabo en cada mano. Se nos había apagado el farol en plena noche de viento y el muy chulo aseguraba que estaba preparando una ensalada. Sin cuchillo. Sin plato. Temblando hasta los cordones.

«Como entre algo, le tiro el nabo gordo. El otro me lo quedo por si tengo que negociar».

Nosotros tampoco estábamos para presumir. Un crujido nos hizo abrazarnos los tres a una pata de la mesa. Remigia apareció en la puerta con el pelo revuelto y una manta al hombro. Llevaba un rato cambiando el peso de una pierna a la otra, pero dejó sus prisas fuera al vernos.

«Ea, hacedme hueco. Pero como me deis un nabazo, os espabilo yo el invierno».

Hay gente que te devuelve el suelo

Remigia se sentó con nosotros. No se puso a demostrarnos que el miedo era una tontería. Nos acercó la manta y esperó a que Doroteo aflojara los dedos. A veces una persona te ayuda antes de abrir la boca, simplemente porque se queda.

La noche seguía haciendo sus ruidos. El tejado crujía y las sombras se movían por la ventana. Pero ya teníamos a quién mirar. Remigia nos explicó que había oído lo mismo desde su casa y que venía a ver cómo estábamos. Conocer el camino tampoco la había librado de pegar un brinco al pisar una piña.

Nos contó que le había pedido perdón a la piña. Por educación, decía. Nos salió una risilla pequeña. Doroteo dejó uno de los nabos en el suelo. Seguía asustado, pero ya podía escuchar algo más que su propio susto.

«¿Y tú sabes qué va a pasar?», le preguntó.

«Ni puta idea. Pero este rato lo pasamos juntos. Luego ya veremos».

El faro también se cansa, miarma

A nosotros nos gustan esas personas faro que alumbran sin ponerte un foco en la cara. Las que te acompañan a hacer algo que te da miedo, te guardan un plato o preguntan y se quedan a escuchar la respuesta. No necesitan tener la frase perfecta. Se acuerdan de volver.

Remigia no va repartiendo alegría a todas horas. Hay días en que está hasta el moño y quiere desayunar tranquila. La hemos visto llorar con la tostada en la mano. Aquella mañana fuimos nosotros quienes nos sentamos a su lado. Cuidar a alguien también es aprender cuándo le toca descansar.

Si esperas que tu persona faro pueda con todo, acabas pidiéndole que se queme para que tú veas mejor. Menuda amistad de mierda sería esa. Nosotros preferimos arrimar el hombro, compartir la manta y turnarnos hasta para hacernos los valientes.

Entre los cuatro volvimos a encender el farol. Doroteo salió de debajo de la mesa muy despacio, por si le cambiaba el ánimo a mitad de camino. Luego puso agua a calentar. Preparar algo para los demás le sentó de maravilla. Aún llevaba un nabo, pero ya lo estaba pelando.

Remigia comparte una manta con otro duende mientras Doroteo pela un nabo junto al farol

Nos quedamos allí hasta que el viento aflojó. La mesa recuperó sus sillas, la sopa olía de puta madre y Remigia empezó a mover las rodillas con una urgencia sospechosa. Al final nos pidió que la acompañáramos a casa.

«¿Tú también tienes miedo a la oscuridad?», dijo Doroteo, dispuesto a devolverle el favor.

«A la oscuridad no. Hay una araña en mi retrete y llevo desde las cinco sin mear».

Allá fuimos los cuatro, bien pegaditos. Doroteo llevó el farol. Nosotros cogimos un vaso y un cartón para sacar a la araña. Remigia iba delante, apretando el paso y lo que no era el paso.

«Alumbrad bien, criaturas. Hoy el faro necesita sentarse, coño».

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