El sustito al agua: cuatro gotas y ya montáis la estampida

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Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura

Cae una chispita y ya está el humano corriendo como si el cielo estuviera meando ácido. ¡Kiyo, que es agua! La misma que te echas por la cabeza en la ducha. Pero allí pagas tú y entonces te parece estupenda, ¿no, criatura?

Nosotros nos sentamos junto a la plaza para verlo. Ni teatro ni hostias. En cuanto se moja una baldosa, empieza la función. Uno se pone el bolso en la cabeza. Otro encoge los hombros hasta meterse las orejas dentro. ¿Qué pretendes, picha? ¿Hacerte impermeable por apretarte mucho?

Y nos flipa el que protege el móvil con todo su cuerpo. Él puede llegar chorreando, perder un zapato y entrar de culo en una panadería. Pero el teléfono, sequito. Ese cacharro tiene mejor vida que tú, campeón.

Que sí, que quien lleva las gafas salpicadas o acaba de salir de la peluquería tiene sus motivos. Pero tú, el de las chanclas que venía de la piscina… ¿tú de qué coño huyes? ¡Si todavía llevas agua dentro del bañador!

Un paraguas de cuatro quesos

El otro día vimos a un señor ponerse una caja de pizza vacía sobre la cabeza. Corría sujetándola con las dos manos, muy serio, muy concentrado. Nosotros detrás de una maceta, doblados de risa. Aquello no era protegerse de la lluvia. Aquello era empanarse por fuera.

Se refugió bajo un toldo, comprobó el pelo y sacudió la caja con un cabreo tremendo. Vamos a ver, artista. Te has puesto cartón grasiento de sombrero. Lo raro sería salir de ahí oliendo a lavanda.

La lluvia aflojó. El hombre sacó una mano para comprobarlo, la recogió y esperó otro poco. Una gota. Le cayó una puñetera gota. Y volvió a meterse como si le hubieran disparado desde una nube.

Una señora con botas amarillas salpica un charco mientras tres Magikitos se ríen y aplauden.
Ole las botas amarillas. El charco estaba ahí para algo.

Entonces apareció una señora con botas amarillas. Llevaba el paraguas cerrado y una sonrisa de estar pasándoselo de puta madre. Llegó al charco, miró alrededor y pegó un pisotón que nos puso las orejas fresquitas.

Ole tus botas, señora. Ole tú entera.

Esos humanos nos encantan. Los que se ríen cuando se les pega el flequillo a la frente. Los que levantan la cara un momento. Los que pisan un charco porque les da la gana, sin convertir el paseo en una charla de superación personal. Un chapoteo y a seguir. Qué gustazo de gente, coño.

Nosotros ya os contamos lo mucho que nos gusta mojarnos. Pero aquella tarde nos quedamos allí, aplaudiendo a la señora y tentando al señor de la pizza con un hueco junto al charco.

No se animó. Se marchó con la caja puesta.

Bueno, cada uno sale de casa con el gorro que le sale de los cojones. El suyo, por lo menos, olía a orégano.

Un segundo: confírmanos que eres una persona